martes, 11 de mayo de 2021

Pesadilla

Era recurrente el mismo episodio, toparse con enfrentamientos entre bandos por la ciudad, de hecho recomendaban horarios específicos para salir de casa. Ir de compras se volvía cada vez un acto de valentía. En lo particular a mí no me importaba, me las ingeniaba para escabullirme o ya reconocía los escenarios donde los patéticos pandilleros se mataban unos a otros. Mamá temía siempre de mi alma libre y de algún día alguna bala llegara a darme. Recuerdo uno de los enfrentamientos ocurrió cerca de la tienda de ropa a donde solía ir con frecuencia. Había sido un evento inesperado porque regularmente solían hacerlo en espacios más abiertos y con multitudes, no lo hacían para lastimar inocentes sino para, entre el bullicio, pudieran ver sus espectáculos. Esta vez montaron un show distinto, me habían tomado desprevenida, apenas alcance a esconderme entre los estantes de ropa. Quise al menos alcanzar un maniquí pero en el instante entraron a la tienda. - Por aquí andará la hija del jefe. – dijo uno - Pues se cree la Jazmín andando en los barrios pobres. – le respondió el otro - ¿y te dijeron cómo andaba? - Pues como una jovencita ¿qué usan o qué? - Blusas de colores ¿no? - Ándale, agárrate la que se parezca más al jefe Recé por favor no ser la elegida pero mis plegarias salieron totalmente contrarias. Temí por el porvenir, pero me vieron ahí tirada e inmóvil. ¿Qué se les ocurriría ahora? - Despiértala - ¿Y yo por qué? - Pues porque, ¿Por qué tendría qué hacerlo yo? - Bueno sí quizá tengas razón. – respondió dudoso. - ¿Y cómo le hago? - Hazle cosquillas o yo qué sé Pretendí mantener la calma y respiré, pero sentí su mano en la planta de los pies, deslizándose lentamente rasgando con ligereza. El evento fue terroríficamente espantoso. Quise quitarme pero me sentía inmóvil, me moví una y otra vez intentando quitarme la mano que maniobraba con mi pie y desperté. Vivía tanto en mis sueños como la sutil extensión de la vida misma y me había acostumbrado a dejar de temerle pero, las cosquillas, la sensación desesperante de no tener control sobre sí misma, jamás la soportaría.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Dominio público


He estado habitualmente
En contra de todo aquello que pudiera
Ser de agrado común,
Siendo un goce las cosas
Fuera de lo ordinario,
Sin embargo
Toparte y de vez en cuando mirarte
Entre tantas de tus cosas
Y una y que otra de las mías
Compartiendo salivas,
Pudores, caricias,
De los demás y las demás
Homogenizando
todo lo que llevamos
en un solo momento.
Siendo tú, particularmente
Dominio público,
te conviertes
Un estadio de satisfacción.

Dejo caer todos mis prejuicios
Te sonrío
Me retracto de mi filosofía.
Mi nombre.

Me quedo contigo

martes, 20 de enero de 2015

Lo tienes todo

Exijo, con este documento,
Una nueva definición del todo.
Si la riqueza de elementos
Para el complemento máximo
Refiere al concepto,
He pasado mi vida
Sin la mínima parte de los requisitos.

Mi sangre tiñe de rojo y mi linaje
Es mestizo
Mis atributos y belleza
Han sido regalos del amor
Y no un contrato.

Mi universo
Lo he dibujado con los pinceles
Encontrados en mis más
Recónditos saberes;
Vienen de mi alma gris
De un corazón tinto
Y mis aspiraciones que
Me ayudan a pintar con poco color.

Mi fortuna, si así
Se le puede llamar a la vida,
La fui forjando como diamante
Hasta encontrarme
Dibujada en ella

Pese a mi apariencia
Ordinaria
Vivo soportando la ideología
Mundana de tenerlo todo.

Si mis bienes materiales
Pudiesen llamarse como esa totalidad
De la que hablan
¿Por qué dejan a un lado el alma, corazón y mente?

Y, basándose en este
Absurdo concepto de totalidad
Rompen con el orgullo de
Mis bondades

¿Qué tienes de fantástica vida,
si con lo que he anhelado
me lo has quitado por tenerlo todo?


Quedarte solo

En las olas de las sombras
Por las calles donde  dices ir solo,
Ahí me hablas de mis fallos,
De los cometidos  y mis culpas.

Divagas con mis fantasmas
El mal uso que hago ahora de
Mi presencia.

Exiges mi tiempo en tus
Momentos de cólera y riñes
Contra mí cuando ya no hayas
Escapatoria.

Yo, inánime en tu presente
Te digo: la inconstancia
Tuya en mi pasado
Y ese delirio absurdo
De prevalecer siempre
En mi lecho, aun cuando
Te ausentabas sin mirar mi rostro
De negro y sambutido

Causaron suficiente dolor para
Interpretar el amor eterno
De nuestra tragicomedia

Razón misma
Por la cual mi espíritu
Loco y casi suicida,
Después de los años
No pide más que el descanso,
Pero el corazón
¡Oh inútil músculo porfiado!
Se aferra a tu cuerpo inerte

Y topándonos en los días
De vernos y supuesto apoyarnos,
Mis ánimas no colaboran
Con la afición, siendo mi parte
Un elemento falso de tu vida
Prevaleciendo sólo mi cuerpo físico,
acompañandote
Como esa triste soledad que no te deja

Quedarte solo

sábado, 23 de agosto de 2014

La amante

Como todos los días mi alarma suena a las seis con treinta minutos y de nuevo vuelvo a llegar tarde al trabajo, algunos dirán me culparan de flojo, otros de incumplido, pero en realidad es culpa de ella, mi amante, sin embargo si yo les platicara de ella en mi trabajo nadie me lo creería incluso a veces llego a pensar que mencionarla sería absurdo, todos pensarían que es una tontería nuestra relación, todos me darían por loco. Hasta cierto punto estoy de acuerdo con ello, pero cómo negar todo lo que me hace sentir.
Pero pensar en llegar a la casa triste y solo sin encontrarla eso sí sería una tremenda locura. La miro cuando dejo mi maleta y cuerpo sin ánima luego de una ardua jornada laboral, ella inmóvil me invita a pasar un tiempo a su lado. Junto mi cuerpo con el suyo y comienzo a tocar todos sus bordes suaves de arriba a abajo, lo hago también con los pies. La huelo, su aroma es como en sueño, fresco y lleno de tranquilidad. Sigue inmutable, tranquila y serena, a pesar de todo me hace sentir aliviado y sin más que necesitar sino estar ahí. Le quito lo que en realidad siempre he pensado está demás y la dejo a penas con una ligera sábana.
Me monto sobre ella dejando caer mi cuerpo y la tomo con mis dos manos de las orillas, su pequeña cintura. Es reducida, es perfecta. Pude, en un tiempo atrás conseguirme una de tamaño más grande, pero la quería sólo para mí, para mi goce, para una sola necesidad, por eso me quedé con ella.
Se preguntarán por qué la llamo mi amante y es que durante la noche, luego de un rato cuando nuestros cuerpos ya están fusionados, comienzo a viajar por mundos oníricos, ¿cómo no amarla? si me hace olvidar todos mis problemas y me mantiene en un estado confortable durante toda la noche.

Por las mañanas cuando sabe que me iré usa sus lianas invisibles para mantenerme a su lado y enredado lucho para poder salir, lucho para quedarme allí una mañana con ella. Regreso a la realidad, le doy un abrazo como si fuese el último adiós, nos quedamos en silencio, la tiendo con sus respectivas cobijas, vuelvo a poner las almohadas que la decoran y me marcho. 

martes, 3 de junio de 2014

La unión

El día que me fui sólo me llevé esta foto. Ahora que regreso a casa siento un poco de melancolía al recordar aquel día.  Mi madre siempre me dijo era igual a mi padre, y tenía razón, desde joven dejé el hogar por buscar mis sueños, aunque ella lo entendía no pudo detener su llanto cuando me vio partir. Mi hermano por su parte, ni siquiera volteó al umbral de la puerta, como siempre nuestra relación estaba en conflicto, sin embargo observando detenidamente la foto, estamos él y yo abrazados y nuestros labios muestran algo extraño. Sí, sonreímos, pero no esa sonrisa convencional de foto, no también hay nostalgia y un poco de tristeza, pero estamos felices. A pesar de los problemas y diferencias que hubo siempre, existía una fuerza que nos unía.
Recuerdo ese día. Tenía ocho y él diez, en aquella época mi padre se había ido a trabajar al extranjero y madre cada mes enviaba una foto de nosotros para animar a mi padre. Cada fin de mes mi madre nos vestía con las ropas más elegantes como muestra del esfuerzo de mi padre, pero a esa edad para nosotros esas cosas no importaban, sólo nuestra absurda rivalidad que jamás entenderé cómo empezó.
Mi madre tenía que hacerse cargo de nosotros sola, sin ningún apoyo. Era un trabajo difícil. Nuestros pleitos como hermanos siempre eran por cosas simples, la ropa, los juguetes, colores, inclusive por los compañeros de salón. Con el tiempo las cosas fueron empeorando y cada vez la competición se enfocaba en cuestiones más sofisticadas, pero siempre hubo algo que nos unía.
El día de la foto, de este único recuerdo que llevé conmigo, mi madre nos había vestido con atuendos diferentes, mientras él portaba un traje azul marino con botones y unos pescadores del mismo color, el mío era más colorido, las formalidades nunca fueron para mí, llevaba unos jeans color caqui, una playera verde y una camisa de cuadros encima. Mi madre nos vistió a cada uno conforme a nuestros gustos y a pesar de ello, sentíamos algo tanto el uno como el otro por el atuendo que llevábamos, pensábamos era el mejor.
Durante el día las indirectas de palabras no paraban de llover de ambos lados, mi madre en un inicio ignoró nuestra pelea, sólo nos pedía no ensuciáramos nuestro atuendo, pero no nos importó, nosotros seguíamos nuestra pelea milenaria. Mi madre prefirió irse a otro cuarto para concentrarse en una buena lectura, mientras se llegaba la hora de tomarnos la foto.
Las indirectas poco a poco se fueron convirtiendo en pequeños empujones y luego ligeros golpes, la rivalidad se transformaba en algo más. Mi madre harta de escuchar nuestros jaloneos decidió adelantar la hora de la foto, ella era fotógrafa y eso de las luz natural le encantaba, pero no podía más escucharnos pelear. Cuando nos habló estábamos en la cocina y sin fijarnos tiramos la comida sobre nuestras ropas.
Habíamos arruinado todo el esfuerzo de nuestra madre, fue ahí cuando comprendimos, al menos ese día, lo ridículo de nuestras peleas y llenos de esa combinación espesa sobre nosotros quisimos resolver el error cometido. Ella nos miró y dando una media vuelta se retiró a su cuarto, no podíamos dejar eso así. Limpiamos el lugar y decidimos tomarnos la foto nosotros, pero no sabíamos, la pusimos en temporizado pero cuando llegábamos la foto ya se había tomado. Tirados los dos en el suelo nos sentimos derrotados. Entonces nos abrazamos. Lloramos más y no sabíamos cómo pedir disculpas, mi madre jamás nos volvería a hablar, pero de pronto escuchamos el flash. Nos habían tomado una foto infraganti, mi madre se burlaba de nosotros. Al ver su expresión de vernos rendidos, nos dijo si habíamos aprendido la lección, con un poco de enojo y a la vez felicidad sonreímos inocentemente, mi madre guardó ese recuerdo en esta foto.

Ahora vuelvo a mi hogar, porque de nuevo esa fuerza que nos unía de pequeños nos llama, si bien una vez me dijo un amigo en los funerales es de las pocas cosas que une a la familia y sí era verdad de nuevo mi madre nos estaba uniendo.

miércoles, 30 de abril de 2014

La desaparición

Habían contratado al mejor detective de la cuidad, temían que el suceso ocurrido en el Hotel Principal pudiera bajar la cantidad de clientes. Tenía gran fama en la ciudad, pues apenas había cumplido un año como detective y había resuelto más de 100 casos de los cuales muchos habían desertado por su dificultad. Hotel Principal tenían poco en función, pero por su ubicación tuvo un crecimiento impresionante.
La desaparición de un huésped sin dejar rastro, se convirtió en la noticia de la semana, varios periódicos amarillistas publicaban que la habían asesinado por haber encontrado el más terrible secreto del hotel. Surgieron tantas historias alrededor del acontecimiento, el dueño no podía más y fue cuando tomó la decisión de llamar un experto en el tema. Fue cuando llamó al detective.
El detective era un joven de unos 28 años, alto, de cabellos negros y lacios con una tez morena y grandes ojos color café. Además de ser un as en su trabajo, era también un galán a pesar del atuendo casual que llevaba puesto. Odiaba las formalidades.
A la llegada del detective interrogó con las personas del hotel que tuvieron más interacción con la desaparecida, para así saber por dónde empezar. El dueño fue quien la había recibido un martes por la tarde, le pareció extraño desde su llegada. Veía al hotel con tanta añoranza, tocaba con tanta delicadeza las paredes, los adornos, el agua y en especial a todas las plantas del lugar. Su vestimenta a pesar de ser de lo más común, había algo en ella que no encajaba con el ambiente. Quizá el dueño exageraba en su descripción, por el simple hecho de que dicha mujer había desaparecido sin dejar rastro alguno. También mencionó que sus ojos guardaban algún secreto.
La información, por más descriptiva que pareciera era vana. El detective necesitaba saber más sobre la mujer, de dónde venía por qué se hospedaba ahí y cuándo fue la última vez que fue vista. El dueño por su parte hablaba cosas irrelevantes, como el color de su cabello, las ropas que llevaba, su look, entre otras cosas, inclusive aun y cuando parecía ayudarle en su investigación el saber que de niña ya había estado ahí, pero al igual que lo anterior, sólo era información vana.
Las pistas otorgadas mermaban más el trabajo del detective y pareciera que nadie nunca vio algo sospechoso en la mujer, como todos los turistas, le dijo un empleado, estaba maravillada con la ciudad y su acento ni siquiera lo distinguía porque llevaban poco tiempo trabajando ahí, sin embargo el detective no podía dejar el caso, sabía que debía de haber una explicación para aquello.
Iba casi todos los días al hotel a ver si alguien recordaba algún detalle que pudiera atar cabos y resolver el misterio, pero conforme pasaban los días la gente dejó de tomarle importancia aun y cuando le habían ofrecido una suite al detective para siguiera su caso, aun y cuando el Hotel Principal dejó de ser noticia relevante y pasó a la sección de lugares donde hospedarse
El detective, luego de buscar por todos los rincones del cuarto e la desaparecida, se sentó en la cama rendido al no poder encontrar ninguna pista de la misma, era la primera vez que fallaba en un asunto por el estilo. Las pisadas de los huéspedes se escuchaban de fondo. Unas pequeñas pisadas se acercaban al cuarto. El detective abrió y se encontró con una niña, era pequeña como de unos siete años, sus ojos eran dos canicas caleidoscópicas las cuales era difícil definir el color de ellos. Se paró frente de él y con las dos manos le entregó una carta cerrada. El detective, sólo estiró las manos, sin entender bien lo que sucedía. La niña con una voz tenue dijo:
- Una señora muy bella me la dio, dijo que usted entendería.
Abrió la carta y con una letra muy legible, comenzó a leer:

“Sé qué usted estará buscándome, lo sé, sé que me llenará de intriga saber su oficio y me acercaré a usted con o sin este medio, siempre he tenido un gusto irresistible hacia los detectives, pero sé que es algo que no le importa, sólo quiere saber el  por qué ha recibido esta carta, verá soy la mujer que desapareció, pero realmente no lo he hecho, si mira al frente me podrá ver, sí soy esa niña que usted ve.
He viajado en el tiempo porque quise volver a ver lo hermoso que era mi ciudad antes de… todo. En mi época esto es posible, pero eso de jugar a ser dioses, nos ha costado. Podemos permanecer en un tiempo distante al nuestro, pero luego de permanecer en una dimisión que no nos pertenece los langoliers, llegan por nosotros y nos devuelven a nuestro momento, esto con el fin de no modificar la línea temporal.
Ahora espero que no se sienta mal por pensar que no podía resolver una desaparición como la mía. Conozco su historial y sé lo mucho que significa no saber cómo responderle a los dueños de este hotel pero sé que sabrá cómo resolver este problema.  Mucho éxito Sr. Detective.”

El detective quedó anonadado con lo que había leído. La niña por su parte le sonrió y le dijo:
- Sé que sabrá cómo resolver este problema.
Una voz llamó a la niña, y esta antes de irse, mencionó.
- Mucho éxito Sr. Detective.

martes, 8 de abril de 2014

Náufrago

Ya tenía varios días perdido entre lagunas, eran tan grandes y profundas que se convirtieron en mar. Y ahí permaneció náufrago. Él siempre le decía a ella que se ahogaba en un vaso de agua, pero él era quien no tenía escapatoria, estaba entre la nada, sin nadie y un olaje lo llevaba cada vez más profundo.

Quería salir, en verdad quería salir pero no hallaba más que agua, sí eso buscaba, vida y se dejaba engañar por esos tragos salados de su alrededor. Era un círculo vicioso. Y cómo no se iba a sentir bien, si de trago en trago pensaba que podía acabar con todo.

 A veces lo elevaban las olas y parecía ver de pronto tierra firme, sentía poner los pies en la tierra, pero otras, cuando el viento traicionero soplaba, se alejaba y la soledad de nuevo lo cobijaba.

Entonces, entre la nada, entre sus lúcidos recuerdos, entre querer salir y hundirse más, escuchó una voz. No, no era quien pensaba, ella sólo se hubiera molestado por encontrarlo ahí tan devastado y mojado, ya no lo iba a querer. Ya no lo quería, estaba seguro de ello, porque no había ido en su auxilio, pero ahora encontraba otra voz, una que lo llamaba, ven repetían una y otra vez. Ven. Siguió el aroma de sus cabellos, eran blancos y azules, los inhalaba. Ven, escuchó de nuevo. Era el canto de una sirena.  La fue siguiendo porque a pesar de todo, no parecía ser tan mala como decían. La alcanzó y la miró detenidamente de arriba hacia abajo. Era bella y suave, sus ojos tenían un rojo carmesí que lo exaltaban, se sentía vivo, mientras se dejaba enrollar por la cola de su acompañante. Y descendían, descendían.

*          *          *


Luego de días, ella lo buscó con desesperación, habría sido tal vez una pelea inútil y quizás él aquella vez tenía razón. No lo quería perder, rogaba porque no se hubiera perdido, pero el destino y su buena cara la recompensaron. Unos paramédicos tocaron su puerta. De nuevo el náufrago regresaba, para permanecer por siempre en la cálida tierra. 

martes, 25 de febrero de 2014

Don Cuco

Iba la Mazda pick up llena de perros, eran casi una docena de ladridos incontrolables; todos eran callejeros. Don Cuco trataba de silenciarlos pegando fuerte en parte trasera de la cabina, maldiciendo de vez en cuando para que no hicieran ruido.

  El compás del transporte, el ruido de los perros y los baches de la calle, alteraban a don Cuco y es que no era un hombre muy paciente. Se molestaba, refunfuñaba, mientras iba manejando.
Después de un rato estacionó su pick up frente a un establecimiento. Estaba en una colonia tranquila. Se bajó abrirlo, mientras los perros seguían llamándolo. El lugar tenía un portón metálico, aun más ruidoso que los mismos perros.  Maldijo una vez más. Cuando estuvo abierta la puerta metió a los perros hasta el fondo del lugar, en el patio.

Ahí había más perros, unos sumisos flacos; otros ladrando. Algunos se le acercaban a don Cuco como pidiéndole comida, este sólo los aventaba de una patada. Los nuevos eran acomodados en jaulas grandes, junto a los otros vivos, enfermos, muertos en fin, perros. El patio estaba lleno de heces, vómitos, sangre y de cuerpos tirados. Don cuco no podía mantener a tanto animal.

Cerró bien la puerta del establecimiento, sabiendo que a esa hora transitaba poca gente por ahí.

Tomó sus herramientas de trabajo del cuarto que quedaba en frente. Sacó un machete oxidado de un cajón y con otro comenzó a sacarle el filo. El raspar de los dos metales alteraba a los animales. Se movían con más brusquedad. Sabían lo que les esperaba.

Don cuco se dirigió a un cuarto distante del principal, más al fondo del patio. Tomó a uno de los perros y este intentaba soltarse del pellejo por donde lo llevaban sujeto. Había varios desperdicios caninos dispersos sobre la mesa, otros tirados por todo el lugar. Un olor fétido impregnaba el espacio. Quitó unos cuantos pedazos de la mesa limpiando con un trapo sucio que luego tiró al suelo. Sólo un pequeño foco de 25 watts alumbraba el cuarto. Ahí estuvo toda la tarde, introduciendo de vez en cuando un perro más.

La noche llegó, limpió la sangre en su mandil lleno de sudor y mugre difuminando todas las manchas, sin saber dónde comenzaban unas y terminaban las otras. Cambió un poco su aspecto, suavizando un poco los músculos del rostro. Puso orden a la parte de enfrente del lugar y abrió de nuevo el portón. El tráfico comenzó a circular. Los ladridos se hacían mínimos.

Un joven se acercó al establecimiento de don Cuco y dijo:

-          Buenas don Cuco, me da una para llevar por favor. 

martes, 18 de febrero de 2014

Zurda

Voy por la casa de un lado a otro. Voy de la cama a la ventana contemplando lo azul oscuro del cielo. Aparece en mi mente ese nítido recuerdo de lo acontecido. Aquello me causa confusión.

Me postro en la ventana mirando de nuevo ese cálido atardecer y vuelvo al lugar, ese lugar y momento que no me deja en paz, porque sabía, aquello no podía suceder.

Desde pequeña lo supe y aunque mi madre quiso de manera incansable cambiar aquello, se rindió cuando mi profesora de primaria le dijo existían personas que nacían con ese defecto, con esa incapacidad. Al principio mi madre no lo creía, pero luego al ver la mano siniestra de mi docente se dio cuenta que era posible  no poder amar.

A esa edad yo no entendía qué tan grave era mi problema. Ser zurda no tenía nada de malo. Incluso me creía mejor que los demás. Pero crecí y fue cuando llegaron las consecuencias.

Ser zurda, pasaba por mi cabeza al  mismo tiempo que recordaba el suceso, era un problema de amor, porque según las estadísticas de varios investigadores, quienes giraban la cabeza a la derecha, mientras besaban, era porque daban sus labios sin sentir afecto alguno. Aquello estaba relacionado con cuál hemisferio del cerebro se trabajaba más y los zurdos, desgraciados, teníamos la imposibilidad de sentir, como lo hacen los diestros.

 Miro el cenit en sus colores más fuertes no puedo comprender qué sucedió. Recuerdo una y otra vez el suceso, asegurándome cada acción mía y de él y no comprendo.

Regreso al momento para asegurarme de cada detalle, la memoria luego de tantas derrotas a veces juega con los recuerdos para sentirse bien. Estoy en las escaleras, sosteniendo esa nieve de sabores exóticos y de gran tamaño. Mi estómago se agita mientras me acuerdo. Me siento extraña. Tomo la nieve y platicamos, mi fascinación por la nieve me hace estar más tiempo en silencio, pero por alguna razón, sé que la conversación se da. Pasamos contemplando el cielo, esos minutos relativos en que el azul se convierte en rojo. En ese instante, que ya no parece tan nítido el recuerdo, nos miramos y todo, desaparece.


Entonces llego a una conclusión del todo. Lo recuerdo a él girando al mismo sentido que yo. Comprendo que sí es amor. 

martes, 11 de febrero de 2014

Mensajes

El bullicio de los automóviles desde mi lugar, pareciera reflejar mi pensamiento. Aun llevo guardado aquel pedazo de papel que recogí la última vez que nos vimos.
Es curioso cómo sin habernos dicho nada sabíamos que era el final. O tal vez siempre estuvo implícito el saber cuándo sería nuestro final. A pesar de todo, jamás cruzamos palabra alguna.
En ésta incertidumbre incongruente aun lo pienso. Pienso cómo surgió lo nuestro. Aquel nítido recuerdo, creo, será difícil de olvidar.
Nos habíamos conocido en una reunión casual. Sus amigos, amigos de los míos. Una fiesta de verano. Él ahí al extremo del lugar; yo contemplándolo.
Me acerqué, le anoté mi dirección en un papel y me alejé. Quería saber hasta qué punto podía llegar. Y pasaron los días. De pronto llegó. Estaba ahí junto a mí, yo con mi pijama, él con sus brazos bronceados abrió por completo la puerta y me tomó. Como si conociera mi hogar, me llevó a la recámara principal.  Ahí el tiempo pasó relativamente. Desperté, él no estaba, sólo un papel encima de mi buró había dejado. Había una dirección.
Esperé que pasaran los días. Fueron exactamente los días en que él duró en llegar. La hora fue la misma, aquella vez y las siguientes. Llegué con una mirada tímida, él me sonrió, me tomó de la mano y me guió. Conocí una sala, miré el arte más hermoso en ese mismo lugar, decorado de telas coloridas y materiales exóticos, rodé por aquella sala. Me llevó a su cuarto y pasamos a su baño. El vahó apenas y nos dejaba ver.
Las citas siguieron. Cada vez los lugares se hacían de lo menos recurrentes: bibliotecas, baños públicos, parques, estadios vacíos, estacionamientos, azoteas. Siempre con un toque mágico en cada aventura. La adrenalina en nuestros cuerpos por creer que nos descubrirían, era elemento para volvernos a encontrar. Era uno de los muchos motivos que nos mantenía juntos. Siempre estuve consiente que aquello no era amor. Lo estuve.
Pero, ahora que mantengo este papel, no comprendo qué es lo que sucedió. Sabía que esto tendría su final, pero me siento confundida.
Fue eso de encontrarnos otra vez, sin citarnos los dos mirándonos entre la multitud, reconociéndonos, recordando. Nos topamos, ambos llevábamos un pedazo de hoja en los bolsillos y sin saberlo no lo entregamos al mismo tiempo. Los papeles cayeron al suelo. Tomé uno de los dos y lo leí.

Mi expresión quedó congelada. De aquella escena me marché lo más pronto y sin mirar atrás. 

martes, 10 de diciembre de 2013

Un día en el Palomar.

Era el primer fin de semana luego de vacaciones, yo quería ir a salir de nuevo con mis amigos a las calles cerca de mi hogar, pero mi madre me había advertido desde días antes que no podía salir porque una amiga suya vendría a pasar unos días por ser época navideña.
La idea me molestaba mucho porque no sólo sería la amiga de mi madre, sino también vendrían sus dos hijos y yo ni siquiera los conocía. Era injusto, tendría que cambiarme de mi cuarto a la sala, sólo para que unos extraños utilizaran mi cama. Yo no lo deseaba.
Pero qué más daba a mi madre yo no podría reclamarle nada a fin de cuentas yo era lo único que ella tenía y ella siempre me concientizaba. Ya teníamos casi dos años desde que mi padre se había marchado de la casa, por cosas que mi madre aun no me ha querido contar.
Ese fin yo, a pesar de todo, no quería salir, ni siquiera para saludar a la amiga de mi madre, quien nos había traído dulces de leche de Parral y créanme es una de mis debilidades. Refunfuñando, salí de mi cuarto, con la pijama aun puesta y arrastrando los pies. Observé cómo me miraba mi madre con esa cara de regaño, cuando calla todo pero sé lo que me dice. Levanté los pies para llegar a donde estaban
Llegué saludando cordialmente a la amiga de mi madre, quien me decía lo mucho que había crecido y yo sin siquiera recordarla. Agradecí su cumplido y seguí saludando a sus dos hijos.
El primero era un niño con de unos seis años, sólo le levanté lanzando una señal de amor y paz. Él me correspondió.
El otro era de mi edad. Tenía entre unos quince y dieciséis años, luego supe que sólo me llevaba meses de deferencia y que este mismo año había entrado a la preparatoria. Lo miré, choqué las manos con él y de nuevo me dirigí al cuarto.
Mi madre corrió tras de mí al ver mi actitud tan indiferente y con un rostro de disgusto, dijo que debía alistarme que iríamos de paseo todos y yo debía ir con ellos.  Yo sólo asentí con la cabeza y comencé alistarme.
Cuando terminé de cambiarme, nos dirigimos todos a la camioneta de la señora. Mi madre sugirió ir al Palomar. Todos entusiasmados, con excepción mía aceptaron. A veces no sé qué le encuentran de interesante a ese lugar, sólo es un parque con eso pájaros que parecen ratas voladoras. Cuántas veces en la Catedral uno siente que te atacaran sin piedad y todavía son para hacerles un monumento.
En el transcurso del camino, mi madre junto con su amiga nos platicaban del cómo había recibido aquel parque el nombre y es que desde principios, sus abuelos quienes construyeron sus casas ahí de adobe, conservaban entre los huecos nidos de palomas y de ahí derivaba su nombre.
Cuando llegamos al nuestro destino, el sol se iba desvaneciendo dándole un color rojizo al cielo, trayendo de nuevo a sus nidos a los pájaros del parque. Se escuchaba su cantar por encima de nosotros.
Mi madre y su amiga nos dejaron solos, porque querían ir a dar la vuelta, pero como el niño menor temía estar sin su madre se dispuso a ir con ella. Yo y el hijo mayor nos quedamos viéndonos a la cara. No me quedó más que conversar con él.
Era un joven alto, su piel parecía la arena de mar y sus ojos aun y cuando eran grandes, parecían un poco caídos. Sus labios eran largos y un tanto gruesos. Su rostro no daba alguna señal de expresión. No sabía de qué hablar.
El me miró y preguntó mi nombre. Había olvidado por completo darle ese pequeño detalle de mí. Se lo di. Él me sonrió y comenzó a preguntarme sobre mi persona y mis gustos. Por un momento me sentí intimidada. Pero su voz, que sé yo, cada vez se hacía más tenue. No sabía lo que pasaba.
Las campanas a lo lejos comenzaron a escucharse, era la Catedral. Me dijo que si quería caminar con él y lo hicimos. En ese instante olvidé por completo que iba con mi madre y su amiga. El mundo parecía enfrascarse en él y seguíamos caminando como si nada importase. La gente alrededor iba desapareciendo y la noche, aunque ya se acercaba, comenzaba a tener colores muy brillantes. Jamás las luces del parque habían tenido tanto esplendor.
Me invitó a rodar por el césped, yo acepté. Nunca mi risa había sido tan espontanea, nunca había sentido la adrenalina correr por mis venas como aquel día. Caíamos una y otra vez hasta lo más bajo del monte, riéndonos sin importar el mundo. Estaba feliz.
Una vez volvimos a caer y nuestros cuerpos chocaron, la tercera campanada de la Catedral sonó, me miró fijamente al rostro, mientras yo lo miraba con mis ojos plenamente abiertos y el corazón latiendo por tantas rodadas, quizá. Nos vimos, no sé cuánto tiempo, pero nos mirábamos, su rostro cambió de repente. Ahora sus ojos estaban abiertos, sus labios dibujaban una sonrisa y cada vez estaba más cerca de mí. Nuestros labios por fin se unieron. Oí perfectamente cómo las enormes palomas alzaban su vuelo desde ahí, el oleaje de sus alas hacía que lo demás no tuviera sentido, sólo aquel momento.
Después de un rato encontramos a los demás, los días pasaron y el hijo de la amiga de mi madre y yo seguíamos platicando mientras perduraban en mi hogar.

Al marcharse, yo le pedí a mi madre los volviera invitar más seguido y seriamos buenas anfitrionas, ella me sonrió y tomó mi cabello alborotándolo. Desde este entonces y todavía sigo esperando que él regrese, para volver a pasar un día en el Palomar. 

jueves, 21 de noviembre de 2013

¿Nos vemos?


Tu pregunta de vez en cuando me causa molestia,
Y es que eso de vernos no tiene algún sentido.

Si verte en verdad pudiera ocurrir en cualquier instante,
El lugar puede ser inclusive impredecible, el momento
ser infinito, pero seamos sinceros
Tu propuesta de vernos no sólo implica proyectarnos
El uno al otro.

El vernos que tú expones va más allá,
Más allá de mirarnos y contemplarnos.
De reconocernos, entre la multitud como dos palabras
Del mismo contexto.

¿Nos vemos? Realmente no tiene nada ver con la acción
Que presenta la palabra, sino un profundo sentimiento
De encontrarnos y comenzar a conocernos,
Como dos seres nunca antes vistos.

Sintiéndonos, latiendo en un ritmo constante
Y fluyente
Tocando texturas indefinidas de superficies
Irreconocibles.

Vernos, sí vernos a fin de cuentas,
Con lívidas sonrisas,
Con pechos calientes,
Con tan sólo vernos.

En definidas cuentas, tú no quieres que nos veamos,
Tu propuesta entonces sabemos llega como una invitación
Pobre ante lo  reconocido.

Por eso ruego no pidas que nos veamos,
Cuando tú sabes que más allá de tu enunciado

Existe algo más.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Volver

Cerró rápidamente la puerta de su cuarto, con el corazón agitado y sin voltear al interior del lugar. Se sentó en aquella cama sucia y llena de cobijas, tratando de calmarse un poco. Llevaba ya días en aquel hotel con esplendida vista a la ciudad, había elegido esa habitación por encontrarse en la planta más alta y así observar los destellos nocturnos al regresar, pero esa noche no fue su prioridad. Sentía aun sus manos temblar, el aire de sus pulmones salía con aceleración y comenzaba sentir el cansancio en sus piernas. Estaba recobrando la estabilidad de sí misma.

Cayó de un golpe sin pensar en nada, las gotas de sudor se secaban en su rostro y una ligera brisa comenzó a caer afuera. El silencio parecía invadir la atmosfera, pero había algo que le seguía perturbando, era un minúsculo ruido de pisadas. Pensó, podrían ser sus nervios aun inestables, pero cada vez incrementaba la intensidad del caminar. De nuevo comenzó a tener pavor al escuchar aquellas pisadas. Era un caminar lento y pesado y poco a poco iba siendo más próximo a la puerta de su cuarto.

Se levantó rápido del colchón. Temía, y temía tanto que no sabía qué hacer, sólo trataba de tener alguna insignificante ventaja. Corrió en su pequeño cuarto buscando algún elemento con qué defenderse. Los pasos dejaron de oírse, ella se acercó a la puerta para asegurarse que todo había sido parte de su imaginación.

El silencio apareció otra vez, pero de lado contrario al interior del cuarto, alguien lo interrumpió tocando la portezuela de madera. Ella dio un gran paso atrás, tapó su rostro e intentó calmarse, pero de nuevo tocaron la puerta ahora con mayor vigor y hubo una tercera llamada aun más fuerte.

Estaba horrorizada y llena de pánico y entre aquella incertidumbre que la abordaba reaccionó de manera inconsciente corriendo hasta el final del cuarto, pasando el balcón mirando por última vez la ciudad brillar.

http://www.youtube.com/watch?v=ObO9rVFfSoY
, Chihuahua

martes, 29 de octubre de 2013

Aurora

Los tanques pasaban por detrás, destrozando lo poco que quedaba del panorama. Todo estaba hecho ruinas. Ella estaba ahí tirada entre tanto escombro y los infernales sonidos de las metralletas al fondo. El cielo se pintaba turbio y polviento, su color figuraba a la tersa piel de la mujer tendida entre la nada, mientras el viento soplaba moviendo sus pardos cabellos. Terrosa estaba su mirar y a pesar que su vista estuviese fija en algún lugar, no veía nada. Sus labios marcaban bordes áridos como montañas de arena. Seguían siendo suaves.

Ahí, entre el Armagedón la miró él, un hombre casi formal, llevaba camisa blanca abrochada sin siquiera fajar y una corbata suelta por el cuello. Caminaba entre toda la destrucción con las fuerzas agotadas, dejándolo desconcertado de dónde ir, pero la miró, la encontró. Corrió hacia ella Aurora dijo, Aurora aumentando su tono de voz llamándola de nuevo. Ella sonrió y movió sus labios sin articular palabra alguna, se veía feliz a pesar de todo. Se acercó a ella y la tomó en los brazos, vio su vestido con bordes llenos de polvo y esa peculiar rosa roja reluciente de bajo de su pecho derecho. Cada vez más roja, cada vez más olorosa.

Teniéndola en los brazos le dijo: No, no mueras Aurora, aún podemos seguir. La mujer sonrió y tosió un poco, su boca estaba seca, quiso decir algo, pero su condición se lo impedía. No te vayas Aurora, hemos pasado por más batallas. No te rindas. Aurora estiró su débil mano al rostro del hombre y con esas fuerzas inútiles, lo acarició. Ar, ar, Arcadio, dijo al fin la mujer desvariada, con una sonrisa pobre, con unos dientes rotos, con unos lagrimales cenizos y con ligeras gotas incrustadas. Arcadio, repitió de nuevo la criatura indefensa, mirando con ternura los ojos de aquel hombre, Aurora, no te desvanezcas, resiste. Arcadio seguía hablando, no deseaba que la mujer se marchara, se veía endeble, mientras la guerra continuaba allá, fuera de su entorno.

Las balas a lo lejos se oían, pero eran sordas, unas voces guturales eran imposibles de entender. La guerra que era frívola e interminable seguía detrás de ellos y junto a ellos, aquel panorama era cómplice de su situación. Todo era caos, pero ellos estaban lejos de aquello, sólo querían paz.
Aurora no te vayas, repitió por última vez, ella respondió un poco más aliviada, no me voy mi querido Arcadio hizo una pausa para tomar aire en ese ambiente cada vez más pequeño y sombrío. Prosiguió: nos vamos.


El amanecer se encendía entre la negra noche y el alba comenzaba a colorear el cenit, con un cálido rojo, un rojo de vida. En algún departamento, de algún lugar,de alguna ciudad, mientras los hombres diurnos comienzaban sus actividades laborales, entre el tráfico, las camisas y el estrés. En ese departamento decrépito, se encontraba Arcadio tirado en el suelo, rodeado de ese verdoso color de sus entrañas, con botellas vacías, un hígado deshecho,  maloliente, enfermo y sin ánimos. Aurora lo miró entrando como un rayo de sol por su ventana, lo acogió con sus dos manos, marchándose juntos. 

lunes, 21 de octubre de 2013

Venganza

Lo miro cómo se acerca a nosotras, siempre lleva esa sonrisa de galán, siempre saludando a las más bonitas como si tuviera la oportunidad de hacerlas sus novias, pero qué más da, si yo sólo lo miro desde lejos y él, él ni siquiera se digna a voltearme a los ojos. Le he preguntado cuál es la razón y con su ego encima de sus hombros me responde: “sólo saludo a mis amigas” volteándose con esa manera tan suya de ser. ¿Quién se cree? Me encoleriza su prepotencia y es tal vez esa indiferencia que aparenta tener conmigo, esa manera de ser tan tajante al verme, con sus enormes ojos oscuros, inexpresables. Sólo lo miro cuando pasa junto a mis amigas y les trae regalos, ¿quién es para decir qué niña es bonita y cual no? Me molesta, porque es apenas un puberto, ¿qué va a saber él de belleza? Me contengo a dar mi punto de vista, lo observo, simplemente y lo dejo ser.
Llego a mi hogar luego de verlo, de recordarlo con tanta repugnancia, con tanto odio y tanto rencor por ser quien es, pero después de todo, después de los enojos, de recordarlo detenidamente, desde su bigote prematuro, su voz disque varonil con la que trata de conquistar a mis amigas y sus versos, tan malos versos que compone, me situó en el escritorio y prendo la computadora, trato de contenerme a no odiarlo más y clamarme, entró a Facebook con esa cuenta alterna, sí esa cuenta con la que él se ha enamorado de una chica linda con la cual tiene una relación amorosa, me pregunta “¿cuándo podré conocerte?” y reconozco las ansias de cada una de sus palabras, reconozco su amor por esa chica desconocida, por quien lo comprende y hace sentir lo que ninguna otra joven le ha hecho experimentar jamás. Yo tras su pregunta, contesto sutilmente con un “espero sea pronto”. Dentro de mí, comienza la calma y la paz. Un descanso nace en mi pecho. Ya he olvidado su carácter y todo se tranquilidad.

¡Ah alabada seas tecnología, cuando se trata de venganza!

martes, 8 de octubre de 2013

A tiempo

Llegaron los diez hermanos citados en aquel cuarto tan grisáceo, con poca luz y a la vez luctuoso y cómo no iba tener ese tinte de muerte, si se habían reunido después de tanto tiempo, sólo para leer el testamento de su fallecida madre. El notario abrió el expediente de la señora difunta sacando primero una carta un tanto maltratada por los años y dejó aparte unas hojas con letras impresas. Luego se dispuso a dar unas palabras al público.
-          Su madre.- dijo el notario. – luego del fallecimiento de su esposo se acercó conmigo, para preguntar cómo se hacía un testamento, yo luego se lo expliqué. Ella me preguntó si podía además agregar algo más.
El hermano mayor, quien oscilaba entre unos cincuenta años preguntó:
-           ¿qué era ese algo más?
El hombre quien sostenía los papeles, calló produciendo un silencio en la habitación, ninguno de los demás hermanos se atrevió a interrumpir ese lapso.  Luego de unos segundos siguió su discurso.
-          Días después volvió atemorizada y un tanto insegura de dejarme esta carta, me dijo deseaba dejarlo como parte de su testamento.- decía estas palabras mientras desdoblaba la carta. – por eso creo necesario darles a conocer hoy su petición.
Tomó el papel con las dos manos y con una voz clara y seria comenzó a leer aquel escrito:
“Creo es necesario contar algo que tal vez no puede haberlo hecho por respeto a mi querido esposo, pero espero que a estas alturas quienes tengan el goce de leerlo comprendan mis razones por las cuales tanto tiempo guardé silencio.
Luego de tanto tiempo me siento segura de decirlo, ya no tengo que rendirle cuentas a su padre y es buen momento para contárselos, probablemente aun me apene por ustedes decírselos de frente es por eso que deseo hacérselos saber después de mi partida.
Quiero contarles la verdadera historia de cómo su hermano el mayor llegó a este mundo. He de decirles a todos los quiero por igual y aun después de mi muerte los seguiré queriendo a todos con el mismo sentimiento pero, a pesar de ello, a pesar tal vez no fui una madre modelo les contaré lo que pasó hace treinta años, en 1956.
Cuando su padre y yo comenzamos nuestra vida de casados, nos fue difícil mantener nuestro hogar, por ello su padre trabajaba casi todo el día, yo por mi cuenta me estaba haciendo los quehaceres de la casa. Un día de diciembre, cuando el clima helaba hasta los huesos, un hombre con una triste mirada llegó al porche de la casa. Me dijo que no sabía dónde estaba, no le creí. Al principio temí que fuera un asaltante o algún malviviente, pero luego volví a ver su rostro y se veía demacrado, triste y desvelado, de pronto hubo una chispa de confianza brotando de él. Entonces le ofrecí pasar a nuestra casa por un vaso de agua. Él con la cabeza abajo aceptó.
Mientras le servía un poco de agua me contó llevaba también poco tiempo que se había casado, pero ahora pasaba por un mal momento, por eso andaba perdido por el mundo. Había viajado mucho desde su tierra natal allá en Guanajuato, me contó su amor por la música. Poco a poco me comenzó a parecer un hombre interesante. He de contarles no era mal parecido si olvidamos sus ropas sucias y sus profundas ojeras.
Inconscientemente cada vez estábamos más cerca, su vida me parecía tan interesante y pensaba que al estar más cerca sabría más de su vida, pero entonces sin que ninguno de los dos lo dijéramos o lo pensáramos, nuestros labios se juntaron y uno a uno se correspondían. Sus manos, fueron bajando desde mis hombros hasta las caderas. En ese instante no pensé en nada más y me dejé llevar por el momento. Nuestras ropas cayeron al suelo y nos fuimos deslizando hacia la habitación principal, ahí caímos los dos sobre la cama y las caricias y los besos eran cada vez más profundos más llenos de pasión. No sé en qué estoy pensando cuando les dejo a mis hijos este testimonio, pero en verdad deseo lo sepan y lo que yo sentí en aquellos momentos aunque de cierto modo les parezca un tanto incómodo.
Ya los dos en la cama, recuerdo cómo se acercaba a mi oído, con una sutileza con la que nadie jamás lo había hecho, tocó mi hombro y como un susurro, me cantó:Llegaste tú, con ese amor a tiempo de salvarme. Recuerdo con tal claridad sus palabras.Su mano seguía sobre mi hombro y sentí su calor como jamás lo había sentido, era tan cálida su presencia, ya había olvidado casi el frío de ese día. Me tomaba con su fuertes brazos, cambiándome de un lugar a otro sobre la cama, jugamos como dos enamorados, sin siquiera pensar en el tiempo, pero luego algo me hizo poner los pies sobre la tierra, era noche y pronto llegaría su padre.
Le dije debía de irse, era tarde y pronto llegaría mi esposo, el lo entendió y agradeció mi hospitalidad. Después de vestirnos y estando los dos en la puerta me dijo con una voz tan varonil que regresaría a más tardar en un año. Me besó por última vez en los labios y comencé a contar los días.
Así pasaron los meses, hasta que llegó el año, yo esperaba que él regresara, yo deseaba otra vez que en se inicio de diciembre volviera él, pero no fue así. Estuve sentada en la entrada del porche pero no llegaba, ya había perdido toda esperanza con mi niño en brazos y yo quería mostrarle lo que aquella noche había nacido, pero no llegó.
Cuando estuve a punto de perder toda fe, de jamás lo volverlo a ver, como un milagro escuché en la radio su voz, estoy tan segura que era él, me hablaba de ese modo. Me hizo sentir un escalofrío, pero me cantaba a mí, me cantaba de nuevo esas palabras las que hace un año me susurraba, me hablaba y él estaba feliz por mi condición. Por nuestro hijo. Y aquí estoy yo con este amor para morir por ti sin olvidarte.Fueron esas palabras con las que supe aun no me olvidaba y sé que fue a tiempo cuando me hizo saber jamás me olvidaría.
Con estas palabras les hago conocer mi gran secreto, no me juzguen que ya alguien lo está haciendo por ustedes. Espero entiendan el por qué esperé hasta este momento para contárselos”
De nuevo hubo silencio, el notario se dispuso a guardar la carta en el sobre, pero el hermano mayor se la arrebató guardándosela en el bolso.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Recuerdo

Era noche y la encontré de nuevo con esa sonrisa enamorada como la primera vez, ahora estaba diferente. Sus ojos eran enormes como lagos profundos y brillantes reflejando las estrellas. Me miraba, me contemplaba desde que llegué, pero se quedó estática, ahí sentada con sus trapos sucios, rotos y viejos, al final del callejón. Sé que, inconscientemente, deseaba volverme abrazar, pero ya no podía, era inútil. Entristeció. Sólo estuve mirándola de lejos ¿qué más podía hacer? Ya no había nada entre los dos, sólo ese recuerdo. Me alejé entonces, dejándola otra vez en ese lugar y mi figura o quizá la suya desaparecía, se desvanecía, dejaba de existir.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Muerte


 Tomé el periódico y leí sobre un pequeño recuadro había muerto un hombre más. Esta vez tampoco lo reconocía. Cómo iba yo a reconocer ese tipo de gente cuando mi trabajo ni siquiera me da tiempo para convivir y apenas en esos ligeros lapsos donde me presto para darle a mi vida un poco de libertad, me encierro  en esos malditos bares que están cerca del trabajo. Es verdad que alguien me reconozca en uno u otro lugar donde mi mísera esencia he colocado, pero ¿amigos? ¡Bah! A esta edad, en estos pasos, imposible.  Sólo me queda esta cruda, este mal sabor al ayer, al no tener recuerdo alguno grato de esto que llaman “vida”. No fue apenas anoche cuando luego de salir de mi trabajo decidí ir a tomar un trago a esa cantina que está detrás de la tienda de telas, por las fuentes. Ahí estaba yo, esperando que pasara el tiempo y el efecto del alcohol se apoderara de mi piel lo más pronto posible, para al menos dejar de tener un motivo para estar ahí. Y pasaron dos horas. El cantinero hablaba conmigo como quien escucha el llorar de un niño y trata de calamar su angustia, pero qué iba saber él de pesares y malas rachas estando en ese lado donde todo parece tan limpio. Salí, luego de otras dos horas ahí, frente el hombre que le daba brillo esas copas donde uno  intenta olvidar que la vida… sigue.  Salí y no por voluntad propia, sino porque incluso en estos momentos de embriagues, las leyes te prohíben llegar a colapsar, ¡como si fuera un crimen! Los ornatos alrededor perdían su órbita. La ciudad se movía, vivía como ellos querían. Grité ¡Mi ciudad vive! Con el más profundo sentir de mi pobre ánima y sin fuerzas desvanecí cayendo al suelo. Ahí estuve casi inmóvil en medio de una de las calles más importantes de la capital, riendo, mirando al cielo nublado, mientras ese gélido frío del aire recorría mi cuerpo cada vez más consciente del abuso hecho. Estuve entre la noche y la mañana, donde dicen llega la hora más oscura, lo sabía. Relajé todos mis músculos aun cuando yo no tenía poder sobre mí mismo, oí a lo lejos voces. Eran dos o tal vez tres personas las que se acercaban rápidamente a dónde estaba. Por fin pensé. Después de unos instantes las voces me acorralaban, me veían tal vez, con ojos de desesperación, con ansias de haberme encontrado, pero me veían. De pronto, cuando estuve a punto de abrir los ojos, escuché un estruendo que evitó realizara la acción. Desperté tomando cualquier papel que no fuera secante y estuviera cerca de mi alcance, esperanzado en reconocer el retrato en aquella nota roja.

martes, 6 de agosto de 2013

Anoche soñé contigo.

Escuchó sonar la puerta abrirse y bajó sólo unos cuantos escalones de la escalera en forma de caracol para percatarse de quién se trataba. Era él. Era su compañero de estancia el único hombre que tenía permiso de entrar a esas horas a su cómoda residencia, ella se animó y le sonrió. No tuvo ningún dialogo con él y volvió a su cuarto a realizar de nuevo sus actividades. Él se veía cansado al parecer el trabajo había sido demasiado agotador y excesivo para haber regresado a tal hora. Quería dormir. Se dirigió a la cocina donde se encontraba un refrigerador blanco y de unos dos metro de alto, no había mucho que pudiese guardar, regularmente había una lechuga, leche, unos tomates y varios aderezos sin fin alguno dentro de aquel aparato.
Tomó tan sólo el envase de leche verificando si, tenía un poco y si estaba del todo buena, oliendo el orificio mal hecho que tenía. Se dio cuenta que su estado era favorable y en un vaso de vidrio vació todo el líquido, luego se dirigió a la alacena, ese largo cajón donde solían guardan los alimentos que no necesitaban ser refrigerados, claro esas galletas que de vez en cuando tenían el honor de permanecer por días, meses, incluso hasta años sin ser usadas porque de alguna manera u otra habían llegado ahí sin saberlo y debían ser guardadas para su conservación, pero en realidad nadie la utilizaba jamás ha no ser una verdadera emergencia, tal lo era aquella noche. Él tomó uno de los muchos paquetitos de galletas saldas por desgracia y se dirigió a su cuarto, subió con cuidado las escaleras llevando su insípida cena con las dos manos, dirigió su mirar al cuarto de su compañera al llegar a la planta alta, ella lo miró y le sonrió. No dijeron nada. Él se metió a su cuarto dejando la leche y las galleta sobre la mesa sin antes prender la luz de su pequeña guarida, fue al menos un segundo el que pasó cuando volteó después de dejar las cosas y darse cuenta que ella estaba ahí en la puerta de su recámara. La miró con ese peculiar ser de sí misma, con ese alborotado cabello color marrón, simulaban a  esas serpientes mortíferas que alguna vez vio en algún zoológico. Su sonrisa era delgada, pero sus gestos decían mucho más de las palabras y con esa silueta tan insignificante, parecía tener algo en mente. Él quiso preguntarle qué hacía ahí, pero ella se adelantó y moviendo suavemente los labios dijo. Quieres ver una película conmigo. Era curioso que entre ellos hubiese cierto dialogo y aunque hubiese sido extraño tal insinuación él aceptó, un poco de compañía no le haría mal. Ambos pasaron al cuarto de ella. Él se sentó en un sillón carcomido color arena, mientras ella se acomodaba en su cama. El televisor, no era muy moderno, tenía en la parte trasera una gran caja, no era de plasma pero al menos hacía su función.
La película comenzó, ella de nuevo dirigió su mirar hacia él sonriéndole. Había entre ambos una diferencia de edad de unos cuatro años. Ella era mayor. No era tampoco una mujer muy bella, sólo lo necesario. Él la miró sonriéndole y no le quedó otra que devolverle el gesto. Sintió un poco de intimidación. “Anoche soñé contigo” era el título del filme en curso, era una película fuera del contexto del cual supuso verían, pero no le importó, le gustaba conocer siempre un poco más y de todo. La noche transcurrió y cuando menos se dio cuenta su compañera estaba dormida, aquí era el momento menos indicado para pensar en nada. No supo realmente qué hacer el varón, debía apagar el televisor e irse o despertar a su compañera, sólo irse. Varias opciones apoderaron su mente confusa, era como andar por las calles de una ciudad desconocida y no saber regresar al punto original. Pero entre toda esa confusión, entre toda aquella gente desconocida, encontró algo peculiar, algo anormal, algo donde jamás pensó fijar su mirada y un anuncio grande con letras rojas le llamaban SEXO. Podía pensar en aquella palabra al ver a su compañera ahí sobre la cama durmiendo sin malicia alguna, entonces se acercó, para verle el rostro. Sus ojos se encontraban semi abiertos, somnolientos, inconscientes y parpadeantes como sesión fotográfica, como si fuesen el proyector de algún filme en el cine. No había más, no tenían expresión alguna, él se daba cuenta era la primera vez que la contemplaba, siempre la veía, pero jamás la observaba. Era como si la encontrara en algún otro lugar y tratase de conocerla.
No era su compañera sino una mujer recostada en una cama frente de él. Pensó cuántos hombres no habrían deseado el momento el cual él estaba pasado, cuántos no habrían aprovechado esa situación, él en cambio, no podía ni siquiera tocarla, pero sí contemplarla tan sencilla, tan sin aliento, tan sin ningún atributo considerablemente hermoso ¡estúpidos estereotipos! Pensó, porque la contemplo en su sueño y era divina, era tranquila e inmóvil, no se preocupaba por nada simplemente recordó que era realmente feliz, sólo eso importa, incluso en su somnolienta posición se veía alegre, despreocupada, serena, en paz. Entre todo ese colapso de armonía su instinto podía aún más que aquella tranquilidad en aquel cuarto.
La miró y su corazón palpitó bruscamente, era él a fin de cuentas un hombre y no podía desaprovechar el momento. Su mano se situaba en la parte baja de la espalda femenina, pero un impulso le negó tocarla, no podía aun cuando sus instintos lo presionaban. Estaba en un dilema. Se dirigió de nuevo al lugar donde estaba sentado, suspirando profundamente, quiso tomar la calma, pero su cuerpo no respondía del mismo modo, su miembro viril había tomado todo ese escándalo y lo había transformado en una reacción erótica. Pálido se puso el muchacho al ver su miembro erecto y sin darse cuenta. Motivo tenía para estarlo. Quiso tranquilizar su estado y comenzó a acariciar su falo iniciando por la glande y deslizando su suave mano hasta donde su mano lo permitía. Vio su falo y cómo un líquido cayó en su mano, lo miró un instante, para luego dirigir su vista a la mujer, se sintió entusiasmado inocentemente, como si aquella figura le incitara a un placer desconocido y su mano obedecía, lo hacía rítmicamente de arriba hacia abajo, con un paso lento al comienzo y luego con un silencioso grito aceleró su ritmo, estaba consiente que no podía hacer más ruido que el mismo efecto de subir y bajar su mano por su miembro viril, sin embargo el rechinar de sus dientes era inevitable.
No podía apreciar aquella figura sin expresarlo al exterior, era más excitante aun saber que no podía. Los minutos largos o tal vez cortos seguían transcurriendo entre la oscuridad, el joven y ella. Él seguía aquel ritual que sin saber estaba llevando acabo, se preguntó en una milésima de segundo si lo efectuado en sí sería un ritual en sí o tan solo una forma de llamar aquello inexplicable, ¿por qué lo hacía? No era más un suceso efectuado por necesidad y por ocio, había tantas razones y no, no trataba de justificarse, jamás había sentido tanto placer y a decir verdad, su rostro no mostraba experiencia de dicha situación, por ello no deseaba que terminase. Intercalaba los ritmos entre despacio y rápido, pero la mente engañosa sabía que debía terminar aquel momento de placer y como relámpago llegó a él una imagen de los más nítida de la sonrisa de la joven, esa con la cual siempre lo recibía. Era simple pero era cautivadora, el joven no pudo resistir más su acto, acelerando su ritmo prolongadamente. Gemía una y otra vez quedándose casi ensordecido por guardar el aliento, tenía claro aquello de no hacer ruido, pero no lo entendía perfectamente.
Sus ojos se cerraban y se abrían, el éctasis estaba llegando a su clímax y su sentir no podía llegar más, entonces un grito de lo más profundo salió de golpe. Sintió el sudor en todo su cuerpo, tomó un poco de aire mientras volvía a su reposo, abrió los ojos tan lento como si acabase de despertar. Así lo era. Se miró recostado en su cama, muy lejos de la recámara de su compañera. No podía creerlo. Sólo revisó su parte genital y darse cuenta que todo había sido tan solo producto de su imaginación.

Al día siguiente su compañera lo miró con peculiaridad y le sonrió, hubiera podido haberle dicho que anoche había soñado con ella, pero qué importancia tendría el avisar suceso tan insignificante.La miró entonces y le sonrío como era ya su costumbre.