martes, 29 de octubre de 2013

Aurora

Los tanques pasaban por detrás, destrozando lo poco que quedaba del panorama. Todo estaba hecho ruinas. Ella estaba ahí tirada entre tanto escombro y los infernales sonidos de las metralletas al fondo. El cielo se pintaba turbio y polviento, su color figuraba a la tersa piel de la mujer tendida entre la nada, mientras el viento soplaba moviendo sus pardos cabellos. Terrosa estaba su mirar y a pesar que su vista estuviese fija en algún lugar, no veía nada. Sus labios marcaban bordes áridos como montañas de arena. Seguían siendo suaves.

Ahí, entre el Armagedón la miró él, un hombre casi formal, llevaba camisa blanca abrochada sin siquiera fajar y una corbata suelta por el cuello. Caminaba entre toda la destrucción con las fuerzas agotadas, dejándolo desconcertado de dónde ir, pero la miró, la encontró. Corrió hacia ella Aurora dijo, Aurora aumentando su tono de voz llamándola de nuevo. Ella sonrió y movió sus labios sin articular palabra alguna, se veía feliz a pesar de todo. Se acercó a ella y la tomó en los brazos, vio su vestido con bordes llenos de polvo y esa peculiar rosa roja reluciente de bajo de su pecho derecho. Cada vez más roja, cada vez más olorosa.

Teniéndola en los brazos le dijo: No, no mueras Aurora, aún podemos seguir. La mujer sonrió y tosió un poco, su boca estaba seca, quiso decir algo, pero su condición se lo impedía. No te vayas Aurora, hemos pasado por más batallas. No te rindas. Aurora estiró su débil mano al rostro del hombre y con esas fuerzas inútiles, lo acarició. Ar, ar, Arcadio, dijo al fin la mujer desvariada, con una sonrisa pobre, con unos dientes rotos, con unos lagrimales cenizos y con ligeras gotas incrustadas. Arcadio, repitió de nuevo la criatura indefensa, mirando con ternura los ojos de aquel hombre, Aurora, no te desvanezcas, resiste. Arcadio seguía hablando, no deseaba que la mujer se marchara, se veía endeble, mientras la guerra continuaba allá, fuera de su entorno.

Las balas a lo lejos se oían, pero eran sordas, unas voces guturales eran imposibles de entender. La guerra que era frívola e interminable seguía detrás de ellos y junto a ellos, aquel panorama era cómplice de su situación. Todo era caos, pero ellos estaban lejos de aquello, sólo querían paz.
Aurora no te vayas, repitió por última vez, ella respondió un poco más aliviada, no me voy mi querido Arcadio hizo una pausa para tomar aire en ese ambiente cada vez más pequeño y sombrío. Prosiguió: nos vamos.


El amanecer se encendía entre la negra noche y el alba comenzaba a colorear el cenit, con un cálido rojo, un rojo de vida. En algún departamento, de algún lugar,de alguna ciudad, mientras los hombres diurnos comienzaban sus actividades laborales, entre el tráfico, las camisas y el estrés. En ese departamento decrépito, se encontraba Arcadio tirado en el suelo, rodeado de ese verdoso color de sus entrañas, con botellas vacías, un hígado deshecho,  maloliente, enfermo y sin ánimos. Aurora lo miró entrando como un rayo de sol por su ventana, lo acogió con sus dos manos, marchándose juntos. 

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