viernes, 8 de noviembre de 2013

Volver

Cerró rápidamente la puerta de su cuarto, con el corazón agitado y sin voltear al interior del lugar. Se sentó en aquella cama sucia y llena de cobijas, tratando de calmarse un poco. Llevaba ya días en aquel hotel con esplendida vista a la ciudad, había elegido esa habitación por encontrarse en la planta más alta y así observar los destellos nocturnos al regresar, pero esa noche no fue su prioridad. Sentía aun sus manos temblar, el aire de sus pulmones salía con aceleración y comenzaba sentir el cansancio en sus piernas. Estaba recobrando la estabilidad de sí misma.

Cayó de un golpe sin pensar en nada, las gotas de sudor se secaban en su rostro y una ligera brisa comenzó a caer afuera. El silencio parecía invadir la atmosfera, pero había algo que le seguía perturbando, era un minúsculo ruido de pisadas. Pensó, podrían ser sus nervios aun inestables, pero cada vez incrementaba la intensidad del caminar. De nuevo comenzó a tener pavor al escuchar aquellas pisadas. Era un caminar lento y pesado y poco a poco iba siendo más próximo a la puerta de su cuarto.

Se levantó rápido del colchón. Temía, y temía tanto que no sabía qué hacer, sólo trataba de tener alguna insignificante ventaja. Corrió en su pequeño cuarto buscando algún elemento con qué defenderse. Los pasos dejaron de oírse, ella se acercó a la puerta para asegurarse que todo había sido parte de su imaginación.

El silencio apareció otra vez, pero de lado contrario al interior del cuarto, alguien lo interrumpió tocando la portezuela de madera. Ella dio un gran paso atrás, tapó su rostro e intentó calmarse, pero de nuevo tocaron la puerta ahora con mayor vigor y hubo una tercera llamada aun más fuerte.

Estaba horrorizada y llena de pánico y entre aquella incertidumbre que la abordaba reaccionó de manera inconsciente corriendo hasta el final del cuarto, pasando el balcón mirando por última vez la ciudad brillar.

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, Chihuahua

martes, 29 de octubre de 2013

Aurora

Los tanques pasaban por detrás, destrozando lo poco que quedaba del panorama. Todo estaba hecho ruinas. Ella estaba ahí tirada entre tanto escombro y los infernales sonidos de las metralletas al fondo. El cielo se pintaba turbio y polviento, su color figuraba a la tersa piel de la mujer tendida entre la nada, mientras el viento soplaba moviendo sus pardos cabellos. Terrosa estaba su mirar y a pesar que su vista estuviese fija en algún lugar, no veía nada. Sus labios marcaban bordes áridos como montañas de arena. Seguían siendo suaves.

Ahí, entre el Armagedón la miró él, un hombre casi formal, llevaba camisa blanca abrochada sin siquiera fajar y una corbata suelta por el cuello. Caminaba entre toda la destrucción con las fuerzas agotadas, dejándolo desconcertado de dónde ir, pero la miró, la encontró. Corrió hacia ella Aurora dijo, Aurora aumentando su tono de voz llamándola de nuevo. Ella sonrió y movió sus labios sin articular palabra alguna, se veía feliz a pesar de todo. Se acercó a ella y la tomó en los brazos, vio su vestido con bordes llenos de polvo y esa peculiar rosa roja reluciente de bajo de su pecho derecho. Cada vez más roja, cada vez más olorosa.

Teniéndola en los brazos le dijo: No, no mueras Aurora, aún podemos seguir. La mujer sonrió y tosió un poco, su boca estaba seca, quiso decir algo, pero su condición se lo impedía. No te vayas Aurora, hemos pasado por más batallas. No te rindas. Aurora estiró su débil mano al rostro del hombre y con esas fuerzas inútiles, lo acarició. Ar, ar, Arcadio, dijo al fin la mujer desvariada, con una sonrisa pobre, con unos dientes rotos, con unos lagrimales cenizos y con ligeras gotas incrustadas. Arcadio, repitió de nuevo la criatura indefensa, mirando con ternura los ojos de aquel hombre, Aurora, no te desvanezcas, resiste. Arcadio seguía hablando, no deseaba que la mujer se marchara, se veía endeble, mientras la guerra continuaba allá, fuera de su entorno.

Las balas a lo lejos se oían, pero eran sordas, unas voces guturales eran imposibles de entender. La guerra que era frívola e interminable seguía detrás de ellos y junto a ellos, aquel panorama era cómplice de su situación. Todo era caos, pero ellos estaban lejos de aquello, sólo querían paz.
Aurora no te vayas, repitió por última vez, ella respondió un poco más aliviada, no me voy mi querido Arcadio hizo una pausa para tomar aire en ese ambiente cada vez más pequeño y sombrío. Prosiguió: nos vamos.


El amanecer se encendía entre la negra noche y el alba comenzaba a colorear el cenit, con un cálido rojo, un rojo de vida. En algún departamento, de algún lugar,de alguna ciudad, mientras los hombres diurnos comienzaban sus actividades laborales, entre el tráfico, las camisas y el estrés. En ese departamento decrépito, se encontraba Arcadio tirado en el suelo, rodeado de ese verdoso color de sus entrañas, con botellas vacías, un hígado deshecho,  maloliente, enfermo y sin ánimos. Aurora lo miró entrando como un rayo de sol por su ventana, lo acogió con sus dos manos, marchándose juntos. 

lunes, 21 de octubre de 2013

Venganza

Lo miro cómo se acerca a nosotras, siempre lleva esa sonrisa de galán, siempre saludando a las más bonitas como si tuviera la oportunidad de hacerlas sus novias, pero qué más da, si yo sólo lo miro desde lejos y él, él ni siquiera se digna a voltearme a los ojos. Le he preguntado cuál es la razón y con su ego encima de sus hombros me responde: “sólo saludo a mis amigas” volteándose con esa manera tan suya de ser. ¿Quién se cree? Me encoleriza su prepotencia y es tal vez esa indiferencia que aparenta tener conmigo, esa manera de ser tan tajante al verme, con sus enormes ojos oscuros, inexpresables. Sólo lo miro cuando pasa junto a mis amigas y les trae regalos, ¿quién es para decir qué niña es bonita y cual no? Me molesta, porque es apenas un puberto, ¿qué va a saber él de belleza? Me contengo a dar mi punto de vista, lo observo, simplemente y lo dejo ser.
Llego a mi hogar luego de verlo, de recordarlo con tanta repugnancia, con tanto odio y tanto rencor por ser quien es, pero después de todo, después de los enojos, de recordarlo detenidamente, desde su bigote prematuro, su voz disque varonil con la que trata de conquistar a mis amigas y sus versos, tan malos versos que compone, me situó en el escritorio y prendo la computadora, trato de contenerme a no odiarlo más y clamarme, entró a Facebook con esa cuenta alterna, sí esa cuenta con la que él se ha enamorado de una chica linda con la cual tiene una relación amorosa, me pregunta “¿cuándo podré conocerte?” y reconozco las ansias de cada una de sus palabras, reconozco su amor por esa chica desconocida, por quien lo comprende y hace sentir lo que ninguna otra joven le ha hecho experimentar jamás. Yo tras su pregunta, contesto sutilmente con un “espero sea pronto”. Dentro de mí, comienza la calma y la paz. Un descanso nace en mi pecho. Ya he olvidado su carácter y todo se tranquilidad.

¡Ah alabada seas tecnología, cuando se trata de venganza!

martes, 8 de octubre de 2013

A tiempo

Llegaron los diez hermanos citados en aquel cuarto tan grisáceo, con poca luz y a la vez luctuoso y cómo no iba tener ese tinte de muerte, si se habían reunido después de tanto tiempo, sólo para leer el testamento de su fallecida madre. El notario abrió el expediente de la señora difunta sacando primero una carta un tanto maltratada por los años y dejó aparte unas hojas con letras impresas. Luego se dispuso a dar unas palabras al público.
-          Su madre.- dijo el notario. – luego del fallecimiento de su esposo se acercó conmigo, para preguntar cómo se hacía un testamento, yo luego se lo expliqué. Ella me preguntó si podía además agregar algo más.
El hermano mayor, quien oscilaba entre unos cincuenta años preguntó:
-           ¿qué era ese algo más?
El hombre quien sostenía los papeles, calló produciendo un silencio en la habitación, ninguno de los demás hermanos se atrevió a interrumpir ese lapso.  Luego de unos segundos siguió su discurso.
-          Días después volvió atemorizada y un tanto insegura de dejarme esta carta, me dijo deseaba dejarlo como parte de su testamento.- decía estas palabras mientras desdoblaba la carta. – por eso creo necesario darles a conocer hoy su petición.
Tomó el papel con las dos manos y con una voz clara y seria comenzó a leer aquel escrito:
“Creo es necesario contar algo que tal vez no puede haberlo hecho por respeto a mi querido esposo, pero espero que a estas alturas quienes tengan el goce de leerlo comprendan mis razones por las cuales tanto tiempo guardé silencio.
Luego de tanto tiempo me siento segura de decirlo, ya no tengo que rendirle cuentas a su padre y es buen momento para contárselos, probablemente aun me apene por ustedes decírselos de frente es por eso que deseo hacérselos saber después de mi partida.
Quiero contarles la verdadera historia de cómo su hermano el mayor llegó a este mundo. He de decirles a todos los quiero por igual y aun después de mi muerte los seguiré queriendo a todos con el mismo sentimiento pero, a pesar de ello, a pesar tal vez no fui una madre modelo les contaré lo que pasó hace treinta años, en 1956.
Cuando su padre y yo comenzamos nuestra vida de casados, nos fue difícil mantener nuestro hogar, por ello su padre trabajaba casi todo el día, yo por mi cuenta me estaba haciendo los quehaceres de la casa. Un día de diciembre, cuando el clima helaba hasta los huesos, un hombre con una triste mirada llegó al porche de la casa. Me dijo que no sabía dónde estaba, no le creí. Al principio temí que fuera un asaltante o algún malviviente, pero luego volví a ver su rostro y se veía demacrado, triste y desvelado, de pronto hubo una chispa de confianza brotando de él. Entonces le ofrecí pasar a nuestra casa por un vaso de agua. Él con la cabeza abajo aceptó.
Mientras le servía un poco de agua me contó llevaba también poco tiempo que se había casado, pero ahora pasaba por un mal momento, por eso andaba perdido por el mundo. Había viajado mucho desde su tierra natal allá en Guanajuato, me contó su amor por la música. Poco a poco me comenzó a parecer un hombre interesante. He de contarles no era mal parecido si olvidamos sus ropas sucias y sus profundas ojeras.
Inconscientemente cada vez estábamos más cerca, su vida me parecía tan interesante y pensaba que al estar más cerca sabría más de su vida, pero entonces sin que ninguno de los dos lo dijéramos o lo pensáramos, nuestros labios se juntaron y uno a uno se correspondían. Sus manos, fueron bajando desde mis hombros hasta las caderas. En ese instante no pensé en nada más y me dejé llevar por el momento. Nuestras ropas cayeron al suelo y nos fuimos deslizando hacia la habitación principal, ahí caímos los dos sobre la cama y las caricias y los besos eran cada vez más profundos más llenos de pasión. No sé en qué estoy pensando cuando les dejo a mis hijos este testimonio, pero en verdad deseo lo sepan y lo que yo sentí en aquellos momentos aunque de cierto modo les parezca un tanto incómodo.
Ya los dos en la cama, recuerdo cómo se acercaba a mi oído, con una sutileza con la que nadie jamás lo había hecho, tocó mi hombro y como un susurro, me cantó:Llegaste tú, con ese amor a tiempo de salvarme. Recuerdo con tal claridad sus palabras.Su mano seguía sobre mi hombro y sentí su calor como jamás lo había sentido, era tan cálida su presencia, ya había olvidado casi el frío de ese día. Me tomaba con su fuertes brazos, cambiándome de un lugar a otro sobre la cama, jugamos como dos enamorados, sin siquiera pensar en el tiempo, pero luego algo me hizo poner los pies sobre la tierra, era noche y pronto llegaría su padre.
Le dije debía de irse, era tarde y pronto llegaría mi esposo, el lo entendió y agradeció mi hospitalidad. Después de vestirnos y estando los dos en la puerta me dijo con una voz tan varonil que regresaría a más tardar en un año. Me besó por última vez en los labios y comencé a contar los días.
Así pasaron los meses, hasta que llegó el año, yo esperaba que él regresara, yo deseaba otra vez que en se inicio de diciembre volviera él, pero no fue así. Estuve sentada en la entrada del porche pero no llegaba, ya había perdido toda esperanza con mi niño en brazos y yo quería mostrarle lo que aquella noche había nacido, pero no llegó.
Cuando estuve a punto de perder toda fe, de jamás lo volverlo a ver, como un milagro escuché en la radio su voz, estoy tan segura que era él, me hablaba de ese modo. Me hizo sentir un escalofrío, pero me cantaba a mí, me cantaba de nuevo esas palabras las que hace un año me susurraba, me hablaba y él estaba feliz por mi condición. Por nuestro hijo. Y aquí estoy yo con este amor para morir por ti sin olvidarte.Fueron esas palabras con las que supe aun no me olvidaba y sé que fue a tiempo cuando me hizo saber jamás me olvidaría.
Con estas palabras les hago conocer mi gran secreto, no me juzguen que ya alguien lo está haciendo por ustedes. Espero entiendan el por qué esperé hasta este momento para contárselos”
De nuevo hubo silencio, el notario se dispuso a guardar la carta en el sobre, pero el hermano mayor se la arrebató guardándosela en el bolso.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Recuerdo

Era noche y la encontré de nuevo con esa sonrisa enamorada como la primera vez, ahora estaba diferente. Sus ojos eran enormes como lagos profundos y brillantes reflejando las estrellas. Me miraba, me contemplaba desde que llegué, pero se quedó estática, ahí sentada con sus trapos sucios, rotos y viejos, al final del callejón. Sé que, inconscientemente, deseaba volverme abrazar, pero ya no podía, era inútil. Entristeció. Sólo estuve mirándola de lejos ¿qué más podía hacer? Ya no había nada entre los dos, sólo ese recuerdo. Me alejé entonces, dejándola otra vez en ese lugar y mi figura o quizá la suya desaparecía, se desvanecía, dejaba de existir.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Muerte


 Tomé el periódico y leí sobre un pequeño recuadro había muerto un hombre más. Esta vez tampoco lo reconocía. Cómo iba yo a reconocer ese tipo de gente cuando mi trabajo ni siquiera me da tiempo para convivir y apenas en esos ligeros lapsos donde me presto para darle a mi vida un poco de libertad, me encierro  en esos malditos bares que están cerca del trabajo. Es verdad que alguien me reconozca en uno u otro lugar donde mi mísera esencia he colocado, pero ¿amigos? ¡Bah! A esta edad, en estos pasos, imposible.  Sólo me queda esta cruda, este mal sabor al ayer, al no tener recuerdo alguno grato de esto que llaman “vida”. No fue apenas anoche cuando luego de salir de mi trabajo decidí ir a tomar un trago a esa cantina que está detrás de la tienda de telas, por las fuentes. Ahí estaba yo, esperando que pasara el tiempo y el efecto del alcohol se apoderara de mi piel lo más pronto posible, para al menos dejar de tener un motivo para estar ahí. Y pasaron dos horas. El cantinero hablaba conmigo como quien escucha el llorar de un niño y trata de calamar su angustia, pero qué iba saber él de pesares y malas rachas estando en ese lado donde todo parece tan limpio. Salí, luego de otras dos horas ahí, frente el hombre que le daba brillo esas copas donde uno  intenta olvidar que la vida… sigue.  Salí y no por voluntad propia, sino porque incluso en estos momentos de embriagues, las leyes te prohíben llegar a colapsar, ¡como si fuera un crimen! Los ornatos alrededor perdían su órbita. La ciudad se movía, vivía como ellos querían. Grité ¡Mi ciudad vive! Con el más profundo sentir de mi pobre ánima y sin fuerzas desvanecí cayendo al suelo. Ahí estuve casi inmóvil en medio de una de las calles más importantes de la capital, riendo, mirando al cielo nublado, mientras ese gélido frío del aire recorría mi cuerpo cada vez más consciente del abuso hecho. Estuve entre la noche y la mañana, donde dicen llega la hora más oscura, lo sabía. Relajé todos mis músculos aun cuando yo no tenía poder sobre mí mismo, oí a lo lejos voces. Eran dos o tal vez tres personas las que se acercaban rápidamente a dónde estaba. Por fin pensé. Después de unos instantes las voces me acorralaban, me veían tal vez, con ojos de desesperación, con ansias de haberme encontrado, pero me veían. De pronto, cuando estuve a punto de abrir los ojos, escuché un estruendo que evitó realizara la acción. Desperté tomando cualquier papel que no fuera secante y estuviera cerca de mi alcance, esperanzado en reconocer el retrato en aquella nota roja.

martes, 6 de agosto de 2013

Anoche soñé contigo.

Escuchó sonar la puerta abrirse y bajó sólo unos cuantos escalones de la escalera en forma de caracol para percatarse de quién se trataba. Era él. Era su compañero de estancia el único hombre que tenía permiso de entrar a esas horas a su cómoda residencia, ella se animó y le sonrió. No tuvo ningún dialogo con él y volvió a su cuarto a realizar de nuevo sus actividades. Él se veía cansado al parecer el trabajo había sido demasiado agotador y excesivo para haber regresado a tal hora. Quería dormir. Se dirigió a la cocina donde se encontraba un refrigerador blanco y de unos dos metro de alto, no había mucho que pudiese guardar, regularmente había una lechuga, leche, unos tomates y varios aderezos sin fin alguno dentro de aquel aparato.
Tomó tan sólo el envase de leche verificando si, tenía un poco y si estaba del todo buena, oliendo el orificio mal hecho que tenía. Se dio cuenta que su estado era favorable y en un vaso de vidrio vació todo el líquido, luego se dirigió a la alacena, ese largo cajón donde solían guardan los alimentos que no necesitaban ser refrigerados, claro esas galletas que de vez en cuando tenían el honor de permanecer por días, meses, incluso hasta años sin ser usadas porque de alguna manera u otra habían llegado ahí sin saberlo y debían ser guardadas para su conservación, pero en realidad nadie la utilizaba jamás ha no ser una verdadera emergencia, tal lo era aquella noche. Él tomó uno de los muchos paquetitos de galletas saldas por desgracia y se dirigió a su cuarto, subió con cuidado las escaleras llevando su insípida cena con las dos manos, dirigió su mirar al cuarto de su compañera al llegar a la planta alta, ella lo miró y le sonrió. No dijeron nada. Él se metió a su cuarto dejando la leche y las galleta sobre la mesa sin antes prender la luz de su pequeña guarida, fue al menos un segundo el que pasó cuando volteó después de dejar las cosas y darse cuenta que ella estaba ahí en la puerta de su recámara. La miró con ese peculiar ser de sí misma, con ese alborotado cabello color marrón, simulaban a  esas serpientes mortíferas que alguna vez vio en algún zoológico. Su sonrisa era delgada, pero sus gestos decían mucho más de las palabras y con esa silueta tan insignificante, parecía tener algo en mente. Él quiso preguntarle qué hacía ahí, pero ella se adelantó y moviendo suavemente los labios dijo. Quieres ver una película conmigo. Era curioso que entre ellos hubiese cierto dialogo y aunque hubiese sido extraño tal insinuación él aceptó, un poco de compañía no le haría mal. Ambos pasaron al cuarto de ella. Él se sentó en un sillón carcomido color arena, mientras ella se acomodaba en su cama. El televisor, no era muy moderno, tenía en la parte trasera una gran caja, no era de plasma pero al menos hacía su función.
La película comenzó, ella de nuevo dirigió su mirar hacia él sonriéndole. Había entre ambos una diferencia de edad de unos cuatro años. Ella era mayor. No era tampoco una mujer muy bella, sólo lo necesario. Él la miró sonriéndole y no le quedó otra que devolverle el gesto. Sintió un poco de intimidación. “Anoche soñé contigo” era el título del filme en curso, era una película fuera del contexto del cual supuso verían, pero no le importó, le gustaba conocer siempre un poco más y de todo. La noche transcurrió y cuando menos se dio cuenta su compañera estaba dormida, aquí era el momento menos indicado para pensar en nada. No supo realmente qué hacer el varón, debía apagar el televisor e irse o despertar a su compañera, sólo irse. Varias opciones apoderaron su mente confusa, era como andar por las calles de una ciudad desconocida y no saber regresar al punto original. Pero entre toda esa confusión, entre toda aquella gente desconocida, encontró algo peculiar, algo anormal, algo donde jamás pensó fijar su mirada y un anuncio grande con letras rojas le llamaban SEXO. Podía pensar en aquella palabra al ver a su compañera ahí sobre la cama durmiendo sin malicia alguna, entonces se acercó, para verle el rostro. Sus ojos se encontraban semi abiertos, somnolientos, inconscientes y parpadeantes como sesión fotográfica, como si fuesen el proyector de algún filme en el cine. No había más, no tenían expresión alguna, él se daba cuenta era la primera vez que la contemplaba, siempre la veía, pero jamás la observaba. Era como si la encontrara en algún otro lugar y tratase de conocerla.
No era su compañera sino una mujer recostada en una cama frente de él. Pensó cuántos hombres no habrían deseado el momento el cual él estaba pasado, cuántos no habrían aprovechado esa situación, él en cambio, no podía ni siquiera tocarla, pero sí contemplarla tan sencilla, tan sin aliento, tan sin ningún atributo considerablemente hermoso ¡estúpidos estereotipos! Pensó, porque la contemplo en su sueño y era divina, era tranquila e inmóvil, no se preocupaba por nada simplemente recordó que era realmente feliz, sólo eso importa, incluso en su somnolienta posición se veía alegre, despreocupada, serena, en paz. Entre todo ese colapso de armonía su instinto podía aún más que aquella tranquilidad en aquel cuarto.
La miró y su corazón palpitó bruscamente, era él a fin de cuentas un hombre y no podía desaprovechar el momento. Su mano se situaba en la parte baja de la espalda femenina, pero un impulso le negó tocarla, no podía aun cuando sus instintos lo presionaban. Estaba en un dilema. Se dirigió de nuevo al lugar donde estaba sentado, suspirando profundamente, quiso tomar la calma, pero su cuerpo no respondía del mismo modo, su miembro viril había tomado todo ese escándalo y lo había transformado en una reacción erótica. Pálido se puso el muchacho al ver su miembro erecto y sin darse cuenta. Motivo tenía para estarlo. Quiso tranquilizar su estado y comenzó a acariciar su falo iniciando por la glande y deslizando su suave mano hasta donde su mano lo permitía. Vio su falo y cómo un líquido cayó en su mano, lo miró un instante, para luego dirigir su vista a la mujer, se sintió entusiasmado inocentemente, como si aquella figura le incitara a un placer desconocido y su mano obedecía, lo hacía rítmicamente de arriba hacia abajo, con un paso lento al comienzo y luego con un silencioso grito aceleró su ritmo, estaba consiente que no podía hacer más ruido que el mismo efecto de subir y bajar su mano por su miembro viril, sin embargo el rechinar de sus dientes era inevitable.
No podía apreciar aquella figura sin expresarlo al exterior, era más excitante aun saber que no podía. Los minutos largos o tal vez cortos seguían transcurriendo entre la oscuridad, el joven y ella. Él seguía aquel ritual que sin saber estaba llevando acabo, se preguntó en una milésima de segundo si lo efectuado en sí sería un ritual en sí o tan solo una forma de llamar aquello inexplicable, ¿por qué lo hacía? No era más un suceso efectuado por necesidad y por ocio, había tantas razones y no, no trataba de justificarse, jamás había sentido tanto placer y a decir verdad, su rostro no mostraba experiencia de dicha situación, por ello no deseaba que terminase. Intercalaba los ritmos entre despacio y rápido, pero la mente engañosa sabía que debía terminar aquel momento de placer y como relámpago llegó a él una imagen de los más nítida de la sonrisa de la joven, esa con la cual siempre lo recibía. Era simple pero era cautivadora, el joven no pudo resistir más su acto, acelerando su ritmo prolongadamente. Gemía una y otra vez quedándose casi ensordecido por guardar el aliento, tenía claro aquello de no hacer ruido, pero no lo entendía perfectamente.
Sus ojos se cerraban y se abrían, el éctasis estaba llegando a su clímax y su sentir no podía llegar más, entonces un grito de lo más profundo salió de golpe. Sintió el sudor en todo su cuerpo, tomó un poco de aire mientras volvía a su reposo, abrió los ojos tan lento como si acabase de despertar. Así lo era. Se miró recostado en su cama, muy lejos de la recámara de su compañera. No podía creerlo. Sólo revisó su parte genital y darse cuenta que todo había sido tan solo producto de su imaginación.

Al día siguiente su compañera lo miró con peculiaridad y le sonrió, hubiera podido haberle dicho que anoche había soñado con ella, pero qué importancia tendría el avisar suceso tan insignificante.La miró entonces y le sonrío como era ya su costumbre.