Escuchó sonar la puerta abrirse y
bajó sólo unos cuantos escalones de la escalera en forma de caracol para
percatarse de quién se trataba. Era él. Era su compañero de estancia el único
hombre que tenía permiso de entrar a esas horas a su cómoda residencia, ella se
animó y le sonrió. No tuvo ningún dialogo con él y volvió a su cuarto a
realizar de nuevo sus actividades. Él se veía cansado al parecer el trabajo
había sido demasiado agotador y excesivo para haber regresado a tal hora.
Quería dormir. Se dirigió a la cocina donde se encontraba un refrigerador
blanco y de unos dos metro de alto, no había mucho que pudiese guardar,
regularmente había una lechuga, leche, unos tomates y varios aderezos sin fin
alguno dentro de aquel aparato.
Tomó tan sólo el envase de leche verificando
si, tenía un poco y si estaba del todo buena, oliendo el orificio mal hecho que
tenía. Se dio cuenta que su estado era favorable y en un vaso de vidrio vació
todo el líquido, luego se dirigió a la alacena, ese largo cajón donde solían
guardan los alimentos que no necesitaban ser refrigerados, claro esas galletas
que de vez en cuando tenían el honor de permanecer por días, meses, incluso
hasta años sin ser usadas porque de alguna manera u otra habían llegado ahí sin
saberlo y debían ser guardadas para su conservación, pero en realidad nadie la
utilizaba jamás ha no ser una verdadera emergencia, tal lo era aquella noche.
Él tomó uno de los muchos paquetitos de galletas saldas por desgracia y se
dirigió a su cuarto, subió con cuidado las escaleras llevando su insípida cena
con las dos manos, dirigió su mirar al cuarto de su compañera al llegar a la
planta alta, ella lo miró y le sonrió. No dijeron nada. Él se metió a su cuarto
dejando la leche y las galleta sobre la mesa sin antes prender la luz de su
pequeña guarida, fue al menos un segundo el que pasó cuando volteó después de
dejar las cosas y darse cuenta que ella estaba ahí en la puerta de su recámara.
La miró con ese peculiar ser de sí misma, con ese alborotado cabello color marrón,
simulaban a esas serpientes mortíferas
que alguna vez vio en algún zoológico. Su sonrisa era delgada, pero sus gestos
decían mucho más de las palabras y con esa silueta tan insignificante, parecía
tener algo en mente. Él quiso preguntarle qué hacía ahí, pero ella se adelantó
y moviendo suavemente los labios dijo. Quieres ver una película conmigo. Era
curioso que entre ellos hubiese cierto dialogo y aunque hubiese sido extraño
tal insinuación él aceptó, un poco de compañía no le haría mal. Ambos pasaron
al cuarto de ella. Él se sentó en un sillón carcomido color arena, mientras
ella se acomodaba en su cama. El televisor, no era muy moderno, tenía en la
parte trasera una gran caja, no era de plasma pero al menos hacía su función.
La película comenzó, ella de nuevo dirigió su mirar hacia él sonriéndole. Había
entre ambos una diferencia de edad de unos cuatro años. Ella era mayor. No era
tampoco una mujer muy bella, sólo lo necesario. Él la miró sonriéndole y no le
quedó otra que devolverle el gesto. Sintió un poco de intimidación. “Anoche
soñé contigo” era el título del filme en curso, era una película fuera del
contexto del cual supuso verían, pero no le importó, le gustaba conocer siempre
un poco más y de todo. La noche transcurrió y cuando menos se dio cuenta su
compañera estaba dormida, aquí era el momento menos indicado para pensar en
nada. No supo realmente qué hacer el varón, debía apagar el televisor e irse o
despertar a su compañera, sólo irse. Varias opciones apoderaron su mente
confusa, era como andar por las calles de una ciudad desconocida y no saber
regresar al punto original. Pero entre toda esa confusión, entre toda aquella
gente desconocida, encontró algo peculiar, algo anormal, algo donde jamás pensó
fijar su mirada y un anuncio grande con letras rojas le llamaban SEXO. Podía pensar en aquella palabra al
ver a su compañera ahí sobre la cama durmiendo sin malicia alguna, entonces se
acercó, para verle el rostro. Sus ojos se encontraban semi abiertos,
somnolientos, inconscientes y parpadeantes como sesión fotográfica, como si
fuesen el proyector de algún filme en el cine. No había más, no tenían
expresión alguna, él se daba cuenta era la primera vez que la contemplaba,
siempre la veía, pero jamás la observaba. Era como si la encontrara en algún
otro lugar y tratase de conocerla.
No era su compañera sino una mujer recostada
en una cama frente de él. Pensó cuántos hombres no habrían deseado el momento
el cual él estaba pasado, cuántos no habrían aprovechado esa situación, él en
cambio, no podía ni siquiera tocarla, pero sí contemplarla tan sencilla, tan
sin aliento, tan sin ningún atributo considerablemente hermoso ¡estúpidos estereotipos! Pensó, porque
la contemplo en su sueño y era divina, era tranquila e inmóvil, no se
preocupaba por nada simplemente recordó que era realmente feliz, sólo eso
importa, incluso en su somnolienta posición se veía alegre, despreocupada,
serena, en paz. Entre todo ese colapso de armonía su instinto podía aún más que
aquella tranquilidad en aquel cuarto.
La miró y su corazón palpitó bruscamente,
era él a fin de cuentas un hombre y no podía desaprovechar el momento. Su mano
se situaba en la parte baja de la espalda femenina, pero un impulso le negó
tocarla, no podía aun cuando sus instintos lo presionaban. Estaba en un dilema.
Se dirigió de nuevo al lugar donde estaba sentado, suspirando profundamente,
quiso tomar la calma, pero su cuerpo no respondía del mismo modo, su miembro
viril había tomado todo ese escándalo y lo había transformado en una reacción
erótica. Pálido se puso el muchacho al ver su miembro erecto y sin darse
cuenta. Motivo tenía para estarlo. Quiso tranquilizar su estado y comenzó a
acariciar su falo iniciando por la glande y deslizando su suave mano hasta
donde su mano lo permitía. Vio su falo y cómo un líquido cayó en su mano, lo
miró un instante, para luego dirigir su vista a la mujer, se sintió entusiasmado
inocentemente, como si aquella figura le incitara a un placer desconocido y su
mano obedecía, lo hacía rítmicamente de arriba hacia abajo, con un paso lento
al comienzo y luego con un silencioso grito aceleró su ritmo, estaba consiente
que no podía hacer más ruido que el mismo efecto de subir y bajar su mano por
su miembro viril, sin embargo el rechinar de sus dientes era inevitable.
No podía
apreciar aquella figura sin expresarlo al exterior, era más excitante aun saber
que no podía. Los minutos largos o tal vez cortos seguían transcurriendo entre
la oscuridad, el joven y ella. Él seguía aquel ritual que sin saber estaba llevando
acabo, se preguntó en una milésima de segundo si lo efectuado en sí sería un
ritual en sí o tan solo una forma de llamar aquello inexplicable, ¿por qué lo
hacía? No era más un suceso efectuado por necesidad y por ocio, había tantas
razones y no, no trataba de justificarse, jamás había sentido tanto placer y a
decir verdad, su rostro no mostraba experiencia de dicha situación, por ello no
deseaba que terminase. Intercalaba los ritmos entre despacio y rápido, pero la
mente engañosa sabía que debía terminar aquel momento de placer y como relámpago
llegó a él una imagen de los más nítida de la sonrisa de la joven, esa con la
cual siempre lo recibía. Era simple pero era cautivadora, el joven no pudo
resistir más su acto, acelerando su ritmo prolongadamente. Gemía una y otra vez
quedándose casi ensordecido por guardar el aliento, tenía claro aquello de no
hacer ruido, pero no lo entendía perfectamente.
Sus ojos se cerraban y se abrían,
el éctasis estaba llegando a su clímax y su sentir no podía llegar más,
entonces un grito de lo más profundo salió de golpe. Sintió el sudor en todo su
cuerpo, tomó un poco de aire mientras volvía a su reposo, abrió los ojos tan
lento como si acabase de despertar. Así lo era. Se miró recostado en su cama,
muy lejos de la recámara de su compañera. No podía creerlo. Sólo revisó su
parte genital y darse cuenta que todo había sido tan solo producto de su
imaginación.
Al día siguiente su compañera lo
miró con peculiaridad y le sonrió, hubiera podido haberle dicho que anoche había soñado con ella, pero qué importancia tendría el avisar suceso tan insignificante.La miró entonces y le sonrío como era ya su costumbre.