Tomé el periódico y leí sobre un pequeño recuadro había muerto un hombre más. Esta vez tampoco lo reconocía. Cómo iba yo a reconocer ese tipo de gente cuando mi trabajo ni siquiera me da tiempo para convivir y apenas en esos ligeros lapsos donde me presto para darle a mi vida un poco de libertad, me encierro en esos malditos bares que están cerca del trabajo. Es verdad que alguien me reconozca en uno u otro lugar donde mi mísera esencia he colocado, pero ¿amigos? ¡Bah! A esta edad, en estos pasos, imposible. Sólo me queda esta cruda, este mal sabor al ayer, al no tener recuerdo alguno grato de esto que llaman “vida”. No fue apenas anoche cuando luego de salir de mi trabajo decidí ir a tomar un trago a esa cantina que está detrás de la tienda de telas, por las fuentes. Ahí estaba yo, esperando que pasara el tiempo y el efecto del alcohol se apoderara de mi piel lo más pronto posible, para al menos dejar de tener un motivo para estar ahí. Y pasaron dos horas. El cantinero hablaba conmigo como quien escucha el llorar de un niño y trata de calamar su angustia, pero qué iba saber él de pesares y malas rachas estando en ese lado donde todo parece tan limpio. Salí, luego de otras dos horas ahí, frente el hombre que le daba brillo esas copas donde uno intenta olvidar que la vida… sigue. Salí y no por voluntad propia, sino porque incluso en estos momentos de embriagues, las leyes te prohíben llegar a colapsar, ¡como si fuera un crimen! Los ornatos alrededor perdían su órbita. La ciudad se movía, vivía como ellos querían. Grité ¡Mi ciudad vive! Con el más profundo sentir de mi pobre ánima y sin fuerzas desvanecí cayendo al suelo. Ahí estuve casi inmóvil en medio de una de las calles más importantes de la capital, riendo, mirando al cielo nublado, mientras ese gélido frío del aire recorría mi cuerpo cada vez más consciente del abuso hecho. Estuve entre la noche y la mañana, donde dicen llega la hora más oscura, lo sabía. Relajé todos mis músculos aun cuando yo no tenía poder sobre mí mismo, oí a lo lejos voces. Eran dos o tal vez tres personas las que se acercaban rápidamente a dónde estaba. Por fin pensé. Después de unos instantes las voces me acorralaban, me veían tal vez, con ojos de desesperación, con ansias de haberme encontrado, pero me veían. De pronto, cuando estuve a punto de abrir los ojos, escuché un estruendo que evitó realizara la acción. Desperté tomando cualquier papel que no fuera secante y estuviera cerca de mi alcance, esperanzado en reconocer el retrato en aquella nota roja.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Muerte
Tomé el periódico y leí sobre un pequeño recuadro había muerto un hombre más. Esta vez tampoco lo reconocía. Cómo iba yo a reconocer ese tipo de gente cuando mi trabajo ni siquiera me da tiempo para convivir y apenas en esos ligeros lapsos donde me presto para darle a mi vida un poco de libertad, me encierro en esos malditos bares que están cerca del trabajo. Es verdad que alguien me reconozca en uno u otro lugar donde mi mísera esencia he colocado, pero ¿amigos? ¡Bah! A esta edad, en estos pasos, imposible. Sólo me queda esta cruda, este mal sabor al ayer, al no tener recuerdo alguno grato de esto que llaman “vida”. No fue apenas anoche cuando luego de salir de mi trabajo decidí ir a tomar un trago a esa cantina que está detrás de la tienda de telas, por las fuentes. Ahí estaba yo, esperando que pasara el tiempo y el efecto del alcohol se apoderara de mi piel lo más pronto posible, para al menos dejar de tener un motivo para estar ahí. Y pasaron dos horas. El cantinero hablaba conmigo como quien escucha el llorar de un niño y trata de calamar su angustia, pero qué iba saber él de pesares y malas rachas estando en ese lado donde todo parece tan limpio. Salí, luego de otras dos horas ahí, frente el hombre que le daba brillo esas copas donde uno intenta olvidar que la vida… sigue. Salí y no por voluntad propia, sino porque incluso en estos momentos de embriagues, las leyes te prohíben llegar a colapsar, ¡como si fuera un crimen! Los ornatos alrededor perdían su órbita. La ciudad se movía, vivía como ellos querían. Grité ¡Mi ciudad vive! Con el más profundo sentir de mi pobre ánima y sin fuerzas desvanecí cayendo al suelo. Ahí estuve casi inmóvil en medio de una de las calles más importantes de la capital, riendo, mirando al cielo nublado, mientras ese gélido frío del aire recorría mi cuerpo cada vez más consciente del abuso hecho. Estuve entre la noche y la mañana, donde dicen llega la hora más oscura, lo sabía. Relajé todos mis músculos aun cuando yo no tenía poder sobre mí mismo, oí a lo lejos voces. Eran dos o tal vez tres personas las que se acercaban rápidamente a dónde estaba. Por fin pensé. Después de unos instantes las voces me acorralaban, me veían tal vez, con ojos de desesperación, con ansias de haberme encontrado, pero me veían. De pronto, cuando estuve a punto de abrir los ojos, escuché un estruendo que evitó realizara la acción. Desperté tomando cualquier papel que no fuera secante y estuviera cerca de mi alcance, esperanzado en reconocer el retrato en aquella nota roja.
martes, 6 de agosto de 2013
Anoche soñé contigo.
Escuchó sonar la puerta abrirse y
bajó sólo unos cuantos escalones de la escalera en forma de caracol para
percatarse de quién se trataba. Era él. Era su compañero de estancia el único
hombre que tenía permiso de entrar a esas horas a su cómoda residencia, ella se
animó y le sonrió. No tuvo ningún dialogo con él y volvió a su cuarto a
realizar de nuevo sus actividades. Él se veía cansado al parecer el trabajo
había sido demasiado agotador y excesivo para haber regresado a tal hora.
Quería dormir. Se dirigió a la cocina donde se encontraba un refrigerador
blanco y de unos dos metro de alto, no había mucho que pudiese guardar,
regularmente había una lechuga, leche, unos tomates y varios aderezos sin fin
alguno dentro de aquel aparato.
Tomó tan sólo el envase de leche verificando si, tenía un poco y si estaba del todo buena, oliendo el orificio mal hecho que tenía. Se dio cuenta que su estado era favorable y en un vaso de vidrio vació todo el líquido, luego se dirigió a la alacena, ese largo cajón donde solían guardan los alimentos que no necesitaban ser refrigerados, claro esas galletas que de vez en cuando tenían el honor de permanecer por días, meses, incluso hasta años sin ser usadas porque de alguna manera u otra habían llegado ahí sin saberlo y debían ser guardadas para su conservación, pero en realidad nadie la utilizaba jamás ha no ser una verdadera emergencia, tal lo era aquella noche. Él tomó uno de los muchos paquetitos de galletas saldas por desgracia y se dirigió a su cuarto, subió con cuidado las escaleras llevando su insípida cena con las dos manos, dirigió su mirar al cuarto de su compañera al llegar a la planta alta, ella lo miró y le sonrió. No dijeron nada. Él se metió a su cuarto dejando la leche y las galleta sobre la mesa sin antes prender la luz de su pequeña guarida, fue al menos un segundo el que pasó cuando volteó después de dejar las cosas y darse cuenta que ella estaba ahí en la puerta de su recámara. La miró con ese peculiar ser de sí misma, con ese alborotado cabello color marrón, simulaban a esas serpientes mortíferas que alguna vez vio en algún zoológico. Su sonrisa era delgada, pero sus gestos decían mucho más de las palabras y con esa silueta tan insignificante, parecía tener algo en mente. Él quiso preguntarle qué hacía ahí, pero ella se adelantó y moviendo suavemente los labios dijo. Quieres ver una película conmigo. Era curioso que entre ellos hubiese cierto dialogo y aunque hubiese sido extraño tal insinuación él aceptó, un poco de compañía no le haría mal. Ambos pasaron al cuarto de ella. Él se sentó en un sillón carcomido color arena, mientras ella se acomodaba en su cama. El televisor, no era muy moderno, tenía en la parte trasera una gran caja, no era de plasma pero al menos hacía su función.
La película comenzó, ella de nuevo dirigió su mirar hacia él sonriéndole. Había entre ambos una diferencia de edad de unos cuatro años. Ella era mayor. No era tampoco una mujer muy bella, sólo lo necesario. Él la miró sonriéndole y no le quedó otra que devolverle el gesto. Sintió un poco de intimidación. “Anoche soñé contigo” era el título del filme en curso, era una película fuera del contexto del cual supuso verían, pero no le importó, le gustaba conocer siempre un poco más y de todo. La noche transcurrió y cuando menos se dio cuenta su compañera estaba dormida, aquí era el momento menos indicado para pensar en nada. No supo realmente qué hacer el varón, debía apagar el televisor e irse o despertar a su compañera, sólo irse. Varias opciones apoderaron su mente confusa, era como andar por las calles de una ciudad desconocida y no saber regresar al punto original. Pero entre toda esa confusión, entre toda aquella gente desconocida, encontró algo peculiar, algo anormal, algo donde jamás pensó fijar su mirada y un anuncio grande con letras rojas le llamaban SEXO. Podía pensar en aquella palabra al ver a su compañera ahí sobre la cama durmiendo sin malicia alguna, entonces se acercó, para verle el rostro. Sus ojos se encontraban semi abiertos, somnolientos, inconscientes y parpadeantes como sesión fotográfica, como si fuesen el proyector de algún filme en el cine. No había más, no tenían expresión alguna, él se daba cuenta era la primera vez que la contemplaba, siempre la veía, pero jamás la observaba. Era como si la encontrara en algún otro lugar y tratase de conocerla.
No era su compañera sino una mujer recostada en una cama frente de él. Pensó cuántos hombres no habrían deseado el momento el cual él estaba pasado, cuántos no habrían aprovechado esa situación, él en cambio, no podía ni siquiera tocarla, pero sí contemplarla tan sencilla, tan sin aliento, tan sin ningún atributo considerablemente hermoso ¡estúpidos estereotipos! Pensó, porque la contemplo en su sueño y era divina, era tranquila e inmóvil, no se preocupaba por nada simplemente recordó que era realmente feliz, sólo eso importa, incluso en su somnolienta posición se veía alegre, despreocupada, serena, en paz. Entre todo ese colapso de armonía su instinto podía aún más que aquella tranquilidad en aquel cuarto.
La miró y su corazón palpitó bruscamente, era él a fin de cuentas un hombre y no podía desaprovechar el momento. Su mano se situaba en la parte baja de la espalda femenina, pero un impulso le negó tocarla, no podía aun cuando sus instintos lo presionaban. Estaba en un dilema. Se dirigió de nuevo al lugar donde estaba sentado, suspirando profundamente, quiso tomar la calma, pero su cuerpo no respondía del mismo modo, su miembro viril había tomado todo ese escándalo y lo había transformado en una reacción erótica. Pálido se puso el muchacho al ver su miembro erecto y sin darse cuenta. Motivo tenía para estarlo. Quiso tranquilizar su estado y comenzó a acariciar su falo iniciando por la glande y deslizando su suave mano hasta donde su mano lo permitía. Vio su falo y cómo un líquido cayó en su mano, lo miró un instante, para luego dirigir su vista a la mujer, se sintió entusiasmado inocentemente, como si aquella figura le incitara a un placer desconocido y su mano obedecía, lo hacía rítmicamente de arriba hacia abajo, con un paso lento al comienzo y luego con un silencioso grito aceleró su ritmo, estaba consiente que no podía hacer más ruido que el mismo efecto de subir y bajar su mano por su miembro viril, sin embargo el rechinar de sus dientes era inevitable.
No podía apreciar aquella figura sin expresarlo al exterior, era más excitante aun saber que no podía. Los minutos largos o tal vez cortos seguían transcurriendo entre la oscuridad, el joven y ella. Él seguía aquel ritual que sin saber estaba llevando acabo, se preguntó en una milésima de segundo si lo efectuado en sí sería un ritual en sí o tan solo una forma de llamar aquello inexplicable, ¿por qué lo hacía? No era más un suceso efectuado por necesidad y por ocio, había tantas razones y no, no trataba de justificarse, jamás había sentido tanto placer y a decir verdad, su rostro no mostraba experiencia de dicha situación, por ello no deseaba que terminase. Intercalaba los ritmos entre despacio y rápido, pero la mente engañosa sabía que debía terminar aquel momento de placer y como relámpago llegó a él una imagen de los más nítida de la sonrisa de la joven, esa con la cual siempre lo recibía. Era simple pero era cautivadora, el joven no pudo resistir más su acto, acelerando su ritmo prolongadamente. Gemía una y otra vez quedándose casi ensordecido por guardar el aliento, tenía claro aquello de no hacer ruido, pero no lo entendía perfectamente.
Sus ojos se cerraban y se abrían, el éctasis estaba llegando a su clímax y su sentir no podía llegar más, entonces un grito de lo más profundo salió de golpe. Sintió el sudor en todo su cuerpo, tomó un poco de aire mientras volvía a su reposo, abrió los ojos tan lento como si acabase de despertar. Así lo era. Se miró recostado en su cama, muy lejos de la recámara de su compañera. No podía creerlo. Sólo revisó su parte genital y darse cuenta que todo había sido tan solo producto de su imaginación.
Tomó tan sólo el envase de leche verificando si, tenía un poco y si estaba del todo buena, oliendo el orificio mal hecho que tenía. Se dio cuenta que su estado era favorable y en un vaso de vidrio vació todo el líquido, luego se dirigió a la alacena, ese largo cajón donde solían guardan los alimentos que no necesitaban ser refrigerados, claro esas galletas que de vez en cuando tenían el honor de permanecer por días, meses, incluso hasta años sin ser usadas porque de alguna manera u otra habían llegado ahí sin saberlo y debían ser guardadas para su conservación, pero en realidad nadie la utilizaba jamás ha no ser una verdadera emergencia, tal lo era aquella noche. Él tomó uno de los muchos paquetitos de galletas saldas por desgracia y se dirigió a su cuarto, subió con cuidado las escaleras llevando su insípida cena con las dos manos, dirigió su mirar al cuarto de su compañera al llegar a la planta alta, ella lo miró y le sonrió. No dijeron nada. Él se metió a su cuarto dejando la leche y las galleta sobre la mesa sin antes prender la luz de su pequeña guarida, fue al menos un segundo el que pasó cuando volteó después de dejar las cosas y darse cuenta que ella estaba ahí en la puerta de su recámara. La miró con ese peculiar ser de sí misma, con ese alborotado cabello color marrón, simulaban a esas serpientes mortíferas que alguna vez vio en algún zoológico. Su sonrisa era delgada, pero sus gestos decían mucho más de las palabras y con esa silueta tan insignificante, parecía tener algo en mente. Él quiso preguntarle qué hacía ahí, pero ella se adelantó y moviendo suavemente los labios dijo. Quieres ver una película conmigo. Era curioso que entre ellos hubiese cierto dialogo y aunque hubiese sido extraño tal insinuación él aceptó, un poco de compañía no le haría mal. Ambos pasaron al cuarto de ella. Él se sentó en un sillón carcomido color arena, mientras ella se acomodaba en su cama. El televisor, no era muy moderno, tenía en la parte trasera una gran caja, no era de plasma pero al menos hacía su función.
La película comenzó, ella de nuevo dirigió su mirar hacia él sonriéndole. Había entre ambos una diferencia de edad de unos cuatro años. Ella era mayor. No era tampoco una mujer muy bella, sólo lo necesario. Él la miró sonriéndole y no le quedó otra que devolverle el gesto. Sintió un poco de intimidación. “Anoche soñé contigo” era el título del filme en curso, era una película fuera del contexto del cual supuso verían, pero no le importó, le gustaba conocer siempre un poco más y de todo. La noche transcurrió y cuando menos se dio cuenta su compañera estaba dormida, aquí era el momento menos indicado para pensar en nada. No supo realmente qué hacer el varón, debía apagar el televisor e irse o despertar a su compañera, sólo irse. Varias opciones apoderaron su mente confusa, era como andar por las calles de una ciudad desconocida y no saber regresar al punto original. Pero entre toda esa confusión, entre toda aquella gente desconocida, encontró algo peculiar, algo anormal, algo donde jamás pensó fijar su mirada y un anuncio grande con letras rojas le llamaban SEXO. Podía pensar en aquella palabra al ver a su compañera ahí sobre la cama durmiendo sin malicia alguna, entonces se acercó, para verle el rostro. Sus ojos se encontraban semi abiertos, somnolientos, inconscientes y parpadeantes como sesión fotográfica, como si fuesen el proyector de algún filme en el cine. No había más, no tenían expresión alguna, él se daba cuenta era la primera vez que la contemplaba, siempre la veía, pero jamás la observaba. Era como si la encontrara en algún otro lugar y tratase de conocerla.
No era su compañera sino una mujer recostada en una cama frente de él. Pensó cuántos hombres no habrían deseado el momento el cual él estaba pasado, cuántos no habrían aprovechado esa situación, él en cambio, no podía ni siquiera tocarla, pero sí contemplarla tan sencilla, tan sin aliento, tan sin ningún atributo considerablemente hermoso ¡estúpidos estereotipos! Pensó, porque la contemplo en su sueño y era divina, era tranquila e inmóvil, no se preocupaba por nada simplemente recordó que era realmente feliz, sólo eso importa, incluso en su somnolienta posición se veía alegre, despreocupada, serena, en paz. Entre todo ese colapso de armonía su instinto podía aún más que aquella tranquilidad en aquel cuarto.
La miró y su corazón palpitó bruscamente, era él a fin de cuentas un hombre y no podía desaprovechar el momento. Su mano se situaba en la parte baja de la espalda femenina, pero un impulso le negó tocarla, no podía aun cuando sus instintos lo presionaban. Estaba en un dilema. Se dirigió de nuevo al lugar donde estaba sentado, suspirando profundamente, quiso tomar la calma, pero su cuerpo no respondía del mismo modo, su miembro viril había tomado todo ese escándalo y lo había transformado en una reacción erótica. Pálido se puso el muchacho al ver su miembro erecto y sin darse cuenta. Motivo tenía para estarlo. Quiso tranquilizar su estado y comenzó a acariciar su falo iniciando por la glande y deslizando su suave mano hasta donde su mano lo permitía. Vio su falo y cómo un líquido cayó en su mano, lo miró un instante, para luego dirigir su vista a la mujer, se sintió entusiasmado inocentemente, como si aquella figura le incitara a un placer desconocido y su mano obedecía, lo hacía rítmicamente de arriba hacia abajo, con un paso lento al comienzo y luego con un silencioso grito aceleró su ritmo, estaba consiente que no podía hacer más ruido que el mismo efecto de subir y bajar su mano por su miembro viril, sin embargo el rechinar de sus dientes era inevitable.
No podía apreciar aquella figura sin expresarlo al exterior, era más excitante aun saber que no podía. Los minutos largos o tal vez cortos seguían transcurriendo entre la oscuridad, el joven y ella. Él seguía aquel ritual que sin saber estaba llevando acabo, se preguntó en una milésima de segundo si lo efectuado en sí sería un ritual en sí o tan solo una forma de llamar aquello inexplicable, ¿por qué lo hacía? No era más un suceso efectuado por necesidad y por ocio, había tantas razones y no, no trataba de justificarse, jamás había sentido tanto placer y a decir verdad, su rostro no mostraba experiencia de dicha situación, por ello no deseaba que terminase. Intercalaba los ritmos entre despacio y rápido, pero la mente engañosa sabía que debía terminar aquel momento de placer y como relámpago llegó a él una imagen de los más nítida de la sonrisa de la joven, esa con la cual siempre lo recibía. Era simple pero era cautivadora, el joven no pudo resistir más su acto, acelerando su ritmo prolongadamente. Gemía una y otra vez quedándose casi ensordecido por guardar el aliento, tenía claro aquello de no hacer ruido, pero no lo entendía perfectamente.
Sus ojos se cerraban y se abrían, el éctasis estaba llegando a su clímax y su sentir no podía llegar más, entonces un grito de lo más profundo salió de golpe. Sintió el sudor en todo su cuerpo, tomó un poco de aire mientras volvía a su reposo, abrió los ojos tan lento como si acabase de despertar. Así lo era. Se miró recostado en su cama, muy lejos de la recámara de su compañera. No podía creerlo. Sólo revisó su parte genital y darse cuenta que todo había sido tan solo producto de su imaginación.
Al día siguiente su compañera lo
miró con peculiaridad y le sonrió, hubiera podido haberle dicho que anoche había soñado con ella, pero qué importancia tendría el avisar suceso tan insignificante.La miró entonces y le sonrío como era ya su costumbre.
miércoles, 17 de julio de 2013
Cristal
Sólo el sonar de los vasos caer
sobre la mesa de cristal en el patio se oía en aquella noche fría. De vez en
cuando el expulsar del tabaco discontinuaba el silencio y las frases entre los
dos individuos representaban momentos casi nulos. Estaban más dispuestos a
desgastar sus cuerpos en el vicio que en sí mismos. Había oscuridad, sólo la
una luz de un poste alumbraba los rostros. Él dio un gran sorbo a su elixir
haciendo ruido con la garganta, movió su melena de un lugar a otro para poder
incorporarla detrás de los hombros, para asegurarse de que toda se encontrara
atrás alzó sus dos brazos y envió todo su cabello en su parte trasera. Luego
tirando la colilla de su enésimo cigarro se dirigió a su acompañante: ¿cuál ha sido tu mejor experiencia sexual?,
ella perpleja no supo contestar. Entre ellos había confianza, sin embargo no
esperaba esa pregunta entre aquel silencio de reposo. Ella río porque de verdad
jamás había pasado por su cabeza tal pregunta, siempre tuvo una visión del sexo
como un momento donde dos cuerpos se unían por causas fuera de sí misma y donde
realmente importaba el placer momentáneo y no algo más allá del acto, a veces
sí estaba de acuerdo en realizar cosas nuevas con sus parejas pero jamás había
propuesto algo ella. Jamás había dicho este
ha sido mi mejor sexo. Volteó su rostro a su compañero y deslizó sus suaves
labios haciéndole saber que dicho momento aún no ocurría. Él sonrió
maliciosamente con una carcajada apenas notoria. Siguieron con su ritual, sin
dirigirse palabra alguna, cada quien tenía su propio espacio. Unas nubes turbias
e impacientes con mucha carga se posaron encima de los dos sujetos. Los
truenos comenzaron a sonar a lo lejos, después alumbrando de rojos y azules el cielo
unos relámpagos ligeros. De vez en cuando uno de los individuos posaba su mirar
al cielo para contemplar maravilla de la naturaleza. Ella tomó la botella que
se encontraba en la mesa, miró por ella viendo que el líquido cada vez era
menor, vio por el cristal aquel hombre que le acompañaba, lo contempló
detenidamente. Lo apreció, desde su larga cabellera de canela, sus ojos
cansados y pesados, con esos labios gruesos y salientes, con esos labios llenos
de sabor amargo, con esos labios pudriéndose, con esos labios cenizos y desgraciados. Los miró porque a pesar de
ello, los empezó a desear. Los veía, ¡qué
maravilla sea la pupila y lo demás para darme el privilegio de verlo! Se
dijo entre sí. Su estado ya no era completamente sobrio y es que nunca lo había
estado, siempre se saciaba de vez en cuando con un poco de locura para no
parecer del todo bien, pero ahora, el alcohol, el tabaco y por arriba de todo
los monótonos días, la había embriagado más de lo permitido. Dejó la botella de
nuevo en la mesa, sin siquiera servirse, dejó su vaso también ahí. Dejó todo
incluso su propia perspectiva del sexo. Se acercó a su camarada y comenzó a
besarle la mano, este no entendía exactamente lo que hacía, pero encontrándose
en la misma situación se dejó llevar. Los truenos de vez en cuando aluzaban un
poco más que sus rostros, pero ninguno de los dos hablaban, sólo dejaban venir
las aguas. Los labios tibios de la mujer siguieron el camino del brazo de su
acompañante hasta llegar a sus labios, una ligera explosión hubo allí. El momento surgió de repente, como si ninguno de
los dos se esperara ese beso, sí eso que comienza todo desde las caricias
efímeras hasta el para siempre, uno nunca sabe, pero los besos a fin de cuenta ella
sabía que eran mágicos. Y aun así aquel instante en que ambos se tomaron de esa
carnosidad poco expuesta. Eran besos de licor, besos improvisados, besos por
besar, por tomar un poco más de un vicio más. Quizá no podrían tener razón de
su propio ser, pero se iban dando uno tras otro, labio con labio, de arriba
abajo, con dientes, con mordeduras, con lenguas, con nombres ya inventados,
¿qué más da si son franceses, si son alemanes o de otro país? Eran ellos dos en
cualquier parte del mundo y eran suyos sin procedencia. Las manos comenzaron a
tomar participación. La de él se puso sobre la cintura de ella, mientras la mujer
acariciaba con fervor aquel enjambre lanudo, tomaba con gran fuerza mechones,
como si así pudiese sentir más cada bocadillo de su ser. Transmitían un mensaje
con cada movimiento y cada uno iba tirando los cuerpos al suelo, sin darse
cuenta se iban desvaneciendo. Los cuerpos comenzaban a dilatarse, las nubes lo
sabían y lo hacían también. Las primeras gotas comenzaron a caer sobre los dos
entes. No lo percataron. Sus manos, guías iban recorriendo cada rincón del otro
desde montañas o montes, hasta profundas fosas marinas., largas selvas y
bosques, junto a esa pradera en forma de paleta con sus atractivos lunares
puestos estratégicamente para ser encontrados, eran dos mundos diferentes
envueltos en ropas que desearon llevar puestas. Los ritmos comenzaban a volverse
más veloces, las gotas más fuertes y sus almas comenzaban a llamarse. Rodaron
entonces por aquel patio sin importarles si quedarían sucios. La lluvia
comenzaba a cobijarlos. Ella mordió el cuello de él y tomó su pecto bajando sus
delicadas manos por el cuerpo de él, desgarrándole las costillas con fuerza brutal y unas pequeñas uñas lujuriosas, estaba sedienta. Las manos de él pararon, porque no
podía soportar aquella sensación, la habilidad de la mujer ante su compañero era perfecta y profesional, él sintió que debía hacer algo y la tomó, la jaloneó, no para poseerla, sabía que era
suya y recíproco, sino para sentirla más hacía él. Ella se dejó llevar. Se puso
de rodillas el hombre dando un trago más a su bebida , se acercó a su compañera y la besó
bajo la lluvia, primero la boca, después el rostro y por último el cuello.
Había un poder hipnotizaste. Cayó sobre ella, poniendo su frágil cuerpo en el
piso casi inundado. La sintió fría por un momento, pero la tomó de los brazos y
la abrazó fuerte. Hubo un momento de paz. Y poco a poco él le fue quitando la blusa por la parte de atrás, ella no objetó. Sentía el frío en sus carnes,
pero era algo poco importante, porque se veía reflejada en el mirar de ese
hombre. Había ternura, el entorno comenzaba a tener colores. Sin blusa
ella, él vio debajo sus pantalones, esos
que se sujetaban tan sólo de un botón y cierre de quince centímetros. Los quitó
junto con la ropa interior de la mujer dejándola casi desnuda bajo la lluvia,
bajo sus brazos. Un vaho salió de lo más profundo de ella, él la contempló e
hizo el mismo procedimiento con su ropa quedándose completamente desnudo al
lado de ella, sin decir nada más, sin tocarse, sin hablar. Sólo ahí los dos
desnudos bajo la lluvia, bajo los efectos de líquidos fermentados, bajo la
fuerza de sus cuerpos, los dos sólo trataban de alcanzar uno a uno su éxtasis
junto al otro, ¿qué era aquello? Ninguno
se tomó la molestia de preguntar, pero estaban contentos, felices, tranquilos
como ánimas en cementerio. Se miraron los rostros, sonrieron, se tocaron
mutuamente las caras y se dieron un beso ligero, se juntaron realizando un
coito. No era el gran desenlace porque ya habían experimentado el orgasmo. Eran
el orgasmo. Pero seguía lloviendo, sus cuerpos aun vivían entre las gotas
y como todo ritual debían culminarlo y así lo hicieron, juntando sus cuerpos fuertes y débiles. Eran simplemente
extremidades del alma y amaban ser alma por eso sabían llegar a sentir,
llegaban a reconocerse junto con el tiempo. Aire, agua, tierra y corazones de
fuego. Todo pasó como un sueño. No había más que apartarse para sentir habían cumplido algo que ni siquiera entendían, sólo se sentían satisfechos. Él
se dirigió a ella y preguntó ¿cuál ha
sido tu mejor experiencia sexual? Ella sólo se río.
jueves, 20 de junio de 2013
Publicación
En un tiempo muy remoto, existía un
escritor. Este se mantenía horas con la cabeza sobre su escritorio intentando
que una idea llegase a él. Los días pasaban y su mente pasaba por un desierto
de imaginación, no había nada. Las malditas nebulosas pasaban, pero como esas
nubes de mi pueblo pasaban siempre sin agua. Estaba cansado, no quería esperar
más. Se frustraba ante un pedazo de madera, azotando una y otra vez su
plumón y desparramando las hojas por
todo el lugar. Gritaba de vez en cuando para sacar la furia. Daba vueltas en
aquel pequeño cuartejo con paredes lúgubres y manchadas. Tocaba su frente y
limpiaba el sudor que le escurría, golpeaba su rostro con la mesa, pero nada
funcionaba. Muy harto de su impotencia obligó a su mano siniestra a escribir.
Embriagó su pobre mente con el peor licor que pudo encontrar. La desesperación.
Y siendo este su mala musa, escribió y escribió, sin motivo alguno. Los versos
no estaban bien hechos, la métrica ni siquiera se presentaba. La sintaxis era
nula. Sólo hacía su labor por querer terminar. Y vaya que lo logró. Fueron si
mal no recuerdo un total de varias hojas llenas de letras sinsentido. Las tomó
con un arrebato y las puso debajo de su axila, salió y pronto miró la luz
radiante del sol, ¡Oh bello astro dónde habías estado! Salió corriendo, sin
importar si llovía o si nevaba, sólo salió apresurado ¿a dónde? Sólo se dirigía
a algún lugar. Recordaba entre su entusiasmo de haber por fin terminado algo la
vieja escuela, sí ese lugar donde el ocio y la desidia, el miedo y lo escéptico
lo dominaban, ¿cómo ahora le pedía al consejo del parnaso ayuda? ¡No! Era
inevitable su actitud. Pero sentía que ya era hora y por eso salió, por eso
corrió. Estaba ya muy harto de quedarse ahí, sentado, ahí inmóvil, ahí sin
habla. Y mientras corría su mano seguía temblorosa, como cuando alguien se
expone al frío y se les baña con agua con ligeros pedazos de hielo. Y no le
importó, su mano no decidía por él, ahora quería exponer no sólo su trabajo a
sí mismo como un logro, sino quería darlo a conocer y llegó, sí a una puerta de
madera café, grande y cerrada. Tocó una vez y nadie abrió, lo intentó y estaba
ahí la persona a la que mayor debía respeto, o quizá no, pero era él ese hombre
sencillo y camisa de cuadros quien decidía si su texto estaba bien o no, ¿quién
era? ¿Por qué tanta importancia? Probablemente el escritor había tomado tanto
afecto al editor desde que él le mencionó ser editor y sabía si la obra debía
considerarse buena o mala. Él era el editor, el que mueve un dedo y dice que se
hace o que no en la obra, sí en las obras del autor, ¿y no creen que por eso
merecía un poco de respeto y sobrevaloración?
Estaba entonces el escritor frente
al editor, el primero exhausto, cansado, con la mirada sin rumbo, sólo levantó
su rostro para entregar el texto. El editor no entendió exactamente qué deseaba
su gran amigo, pero tomó el texto y comenzó a leer. Era terrible ¿era una broma?, preguntó el editor, no, contestó con alta voz el escritor: este es mi texto que con mucho trabajo he
terminado en estos casos, el editor, un hombre profesional sabía cómo
tratar con este estilo de problemas, podría jurar que no era la primera persona
que le presentaba un trabajo tan malo como este, por eso, supo hasta el último
momento tratar al escritor. Qué dice señor
editor, ¿qué piensa de mi trabajo? dijo con un rostro más animado que nunca
el escritor, su compañero sólo mencionada que no deseaba ser descortés y que
sería mejor diera otra verificación a su obra, podía estar errando al entregar
un trabajo así sin buena ortografía, sinsentido, sin sentimiento, sólo
escritura por ser, sin ningún motivo. El escritor, bajó su mirar ¿qué podía
hacer? sólo le importaba dar a conocer su gran y ciertamente última obra, sí
desde un principio el escritor era un ser verdaderamente dramático. Respiró
profundo el escritor y con un sinfín de adjetivos negativos se dirigió al
editor, este sólo callaba dejaba que todo ese enojo banal saliera de aquel
pobre hombre, quizás era necesario, tal vez no, pero ¿qué podía hacer? ponerse
de la misma manera y terminar ambos en gran conflicto. El editor sólo recibió y
recibió, leyendo a la vez esa mala obra que tenía en sus manos, mencionó en un
lapso donde el escritor dejó de hablar que él podía ayudarle para perfeccionar
su arte, pero muy porfiado el artista se negó. Creía que lo suyo había sido
perfecto, el editor dijo que su amor, su amor no eran las letras en sí, pero
que le gustaba mucho corregir los textos, de cierto modo decía que él no
escribía sólo corregía y ese era su verdadero amor. Más indignado por el
desprecio de la escritura, por el desprecio a las horas de estar ahí sentado y
sin que la musa apareciese, por algún motivo el escritor tomó aquello como algo
personal, no oía, no escuchaba, no estaba consciente, sólo quería publicar su
horrible obra. Ya cansado el editor de trabajar con aquel hombre tan obstinado,
al fin accedió a publicarle la obra. El escritor muy feliz, besó en la mejilla de
su amigo y salió gustoso a las calles, aun cuando el editor le advirtió habría
consecuencias de ello.
Pasó un sólo día, un insignificante
día, de esos que pasan con sol radiante sobre uno sin saber si es martes o es
lunes. A pesar de ello, el gran astro parecía estar con alineación de mercurio,
sí parecía miércoles. El escritor, se levantó con un rostro marcado y babeado sobre
el escritorio de madera vieja donde solía pensar, pensar y de vez en cuando
golpear su rostro sobre él. Despertó ese día
sin saber dónde estaba, volteó y sólo vio oscuridad, no había luz. Ni
siquiera los rayos más radicales se atrevían entrar a su cuarto, era sombrío,
maloliente, insalubre, no era un lugar seguro para los rayos esos que dan vida.
Se levantó y su boca estaba reseca, pero entre toda su nubosidad recordó algo
importante, algo que en verdad había sido diferente a todo el hastío de su
vida. Había escrito, ¿pero qué? ¿Qué había hecho? Revisó las hojas ahí tiradas
haber si algo le daba una pista, todo fue en vano, sólo recordaba malos versos Qué importa el sol y la luna si yo soy yo y
el mundo sigue girando sin parar… estoy abatido… no queda más… ayer te he visto
pajarito, dónde te has metido… soy feliz… ¡No! No había el más mínimo
sentido en su poesía, mucho menos en su prosa. Se puso sus zapatos y dispuso a
salir, pero qué haría si su obra ya habría sido publicada, qué podría hacer, ya
lo había hecho y lo hizo mal. Estaba desconcertado y quería devolver el tiempo,
pero hasta dónde, hasta dónde sintió que lo que hacía estaba mal, dónde comenzó
el error, al querer ser escritor, al no hacer nada más que eso, a ni siquiera
lograrlo, en verdad a dónde quería ir. Pensó en acercarse al editor, con qué
cara, con aquella que maldijo una y otra vez a sus generaciones antepasadas y
las del porvenir, ¿así iría? No, no podía hacer nada sólo resignarse a que
había arruinado su vida en cuestión de sentir una desesperación cotidiana.
Estaba asustado, infeliz, llorando, gritando aún más que cuando en su
escritorio pasaba los días, pero sabía que era en vano abrir su boca, estuvo
mal y ahora lo pagaba. Quiso entonces olvidar todo o al menos pedir disculpas
al editor por tanta descortesía de su parte. Abrió esa puerta, dura y enorme
casi, casi tan dura y enorme como el orgullo, pero la tumbó, debía al menos
sentir que una cosa antes de haber terminado su corta trayectoria como escritor
tenía un matiz con tintes de lo correcto. Se postró ante el mundo nuevo, el
mundo donde estaba ya su obra al exterior y lo primero que pudo percatar fue un
hombre, un hombre como él leyendo un libro, se acercó por la extrañeza de ver a
alguien hacerlo, cuando estuvo cerca el hombre dijo: esto es lo peor que he visto, sus palabras parecían chorros de
agua, porque pronto distinguió era su texto, su desgracia. El hombre que
sostenía el libro pronto se volvió líquido, se diluyó con sus propias palabras,
se desvaneció, se quebrantó ante el escritor ¿qué había hecho? ¿Qué hacía su
obra con las personas? El escritor, entonces temió de sus actos, miró cómo su
obra no sólo le afectaba a sí mismo sino a los demás, de pronto una nueva idea
llegó a él y quiso al menos salvar a las pobres ánimas infortunadas por tener
su obra en sus manos, sí eso quizá calmaría su corazón arrepentido. Y corrió
hacia no sé dónde con un tembloso caminar que no le daba orientación, sólo
comenzó a dar pasos rápidos. Caminó de un lado a otro, revisando a cada hombre,
a cada a mujer, a cada persona que portase un libro para asegurarse que su
existencia estaba del todo bien y fue ahí cuando vio a lo lejos una mujer,
bella, alta con el cabello lacio, negro y largo llevaba en sus manos uno de sus
libros, la mujer aun no lo abría, lo sabía por su forma gustosa de vivir la
vida. Podía salvarla. Se dirigió a ella rápidamente y tarde fue cuando sus ojos
grandes y profundos dieron lectura a aquella atrocidad. Su boca que era delgada
y rosada comenzó a tirar un gran líquido colorido, dejándola triste y
desvanecida. Era su alma y de eso el escritor estaba seguro. Quiso detener el
acto, pero no podía, su libro era tan malo que hasta la mujer más feliz en la
faz de la tierra terminaba atrofiada.
Dejó luego a la mujer ahí tirada,
con sus ahora hundidos ojos y sus labios resecos. Siguió buscando, de sur a
norte, de cielo a profundo de lado a otro y encontró ahí en el lugar menos
esperado, en el césped fuera de su hogar estaba ahí su obra posando sin más ni
más, con las hojas sueltas bailando con el viento, bailando con un ave que
estaba a punto de aterrizar. El escritor no hizo nada más que ver cómo este
animal picoteaba las hojas y como poco a poco comenzaba a temblar expulsando
raros sonidos guturales. Era una paloma blanca ¿cómo podía sufrir tanto?
Comenzó a picotear el césped sin importarle nada más, sus alas se llenaban de
tierra, picoteaba una y otra vez más fuerte la superficie, ya no era sólo su
pico sino toda su cabeza, los gritos de pobre animal seguían saliendo, giraba
su cabeza en 180o grados, el escritor no pudo más tomándola y
estampándola contra una pared. La paloma se convirtió en hojas. Miles de hojas
salieron volando, el escritor temió tanto porque eran las tristes hojas que el
pájaro había visto, sólo había unas pastas en el pasto. Las miró todas en el
piso, en el pasto, en sus pies, no tuvo la fuerza para levantarlas y mirar la
escoria de obra había producido, tomó algunas de las hojas, sin leerlas y casi
sin mirarlas, las tomó porque el editor podía cambiar un poco del contenido.
¿Por qué después de todo aún tenía fe en el editor? Se dirigió al hogar del
editor, pensando tanto en el qué decir que olvidó por completo en qué contestar,
tocó casi a la media noche y el editor con las pocas fuerzas abrió. Estaba
abatido, amarillo, débil, cenizo, casi
muerto. El escritor, no creía lo visto, pero era real, era su verdad. Intentó
hablar de nada porque no sabía qué decir, el editor le ofrecía su hogar y él
entraba incluso cuando lo veía ahí moribundo y por su culpa. El escritor no
podía estar más tiempo ahí, así que sólo pidió disculpas por lo acontecido y
entregó las hojas para la posible corrección, en ningún momento volteó a ver el
rostro de su amigo, sólo salió al escuchar al editor decir con voz quebradiza no te apures. Las hojas se quedaron en
el escritorio del editor, mientras las huellas del escritor se borraban en la
noche.
Epílogo.
Un día después alguien visitó al
editor y vio las hojas sobre su escritorio, llevaban como inscripción:
-
Cuándo se
acabará.
-
Cuando
algo similar suceda.
El
editor, estaba muerto.
viernes, 31 de mayo de 2013
Medusa
Cuando regresó de la casa se dio
cuenta que las palabras de ella eran una verdad. Sudó frío al darse cuenta de
la realidad y más aún cuando no podía olvidar detalle a detalle lo visto en su
hogar. Y en verdad era imposible, llegar a su cuarto, ese lugar tan oscuro
donde los claros de sol se asoman sólo cuando la cortina que les obstruye
entrar está mal acomodada, en ese cuarto donde está un sillón en una esquina
cerca del baño y sobre él un montón de ropa, en ese cuarto donde una vez la
llevó, la acostó, la tomó y la dejó ir. Estaba ahí de nuevo, al menos en sus
recuerdos de hace apenas unos cuantos minutos, regresó a la escena para
comprobar si sus palabras eran reales. Estando en su habitación se dirigió
primeramente al colchón, lo inspeccionó con el olfato como si eso le ayudara a
remontar el momento, tocó con suavidad la superficie para reconocer donde
habían estado los cuerpos, pegó su oído a este y se quedó un momento inmóvil,
llenó su pecho de aire y suspiró, no podía creer cómo aquella noche mágica
había causado tanto mal. Después de inspeccionar la cama minuciosamente se pasó
al sillón, donde todavía estaba la ropa de él y de ella tendidos, apartó la
suya tirándola en la alfombra que rodeaba todo el cuarto, agarró la femenina
con el mismo detenimiento como lo hizo con la cama, tomó la blusa, esa blusa
insignificante con estampados azul y blanco tan desagradable, él la odio al
menos ese día, jamás lo supo sólo sabía era horrenda. La aventó junto con la
suya aunque estuvo a punto de tirarla a la basura, se posicionó luego de los
jeans de ella, eran claros y entubados. Los revisó, no había ninguna señal de
algo extraño, sólo eran unos jeans que quizá había comprado en un momento de
oferta o tal vez eran usados, no le importó y los echó junto a la demás ropa.
Entonces encontró la respuesta, la verdad, lo omitido por él, porque lo sabía
pero no quería darse cuenta, las palabras de ella estaban ahí eran presentes,
eran reales. Inspeccionó la braga de la mujer, de un verde oscuro, apenas si se
notaba el color por la poca claridad del cuarto, tomó las pequeñas bragas casi
en forma de corazón, la sostuvo con las dos manos y la alzó a lo alto, tuvo que
soltarlas pronto cuando una ligera línea de polvo comenzó a caer. Había arena.
Cerró pronto los ojos, frotándolos sin soltar la prenda, la puso a la altura de su pecho y observó allí en la
parte de la entrepierna una cantidad considerable de tierra, era más bien una
fina arena, tenía un color brillante como esa arena desértica que pasa bajo el
sol esperando un poco de agua y se queda así, sólo esperando. Pasó sus anchos
dedos por la parte medio de la prenda íntima sintiendo cómo se impregnaba ese
polvo cósmico en sus yemas, lo olió y trató de recordar si lo había sentido
durante la penetración, pero sólo recordaba el momento de éctasis. Nunca,
incluso porque él la desvistió sintió esa materia ahora ahí encontrada. Estando
allí con los calzoncillos de ella en la mano, no tuvo más remedio que ir a
buscarla para ver si podía remediar el daño.
Un poco más relajado y haciendo un
lado la sustancia arenosa encontrada en su casa, hizo remembranza de cómo había
encontrado a esa chica, recordó era un día cálido de mayo en el centro de la
ciudad ocasionalmente visitaba un café, ahí fue cuando cruzó la mirada con
ella. Una mirada, profunda, oscura, penetrante, con mucho más que dos negros
ojos. Había algo más. Él la vio y de pronto se sintió hechizado, quizá era muy
exagerado, pero la atracción profunda sentida no se trataba precisamente de
amor sino era un deseo carnal. Se acordó el estado hipnótico en el que se
encontró aquel momento, se levantó de la silla en donde estaba sentado en la
explanada del café, el sol tornaba el cielo con matices entre naranja y
rosados, los pájaros cantaban con su retorno a su hogar. Las personas parecían
sólo estatuas inmóviles que adornaban el entorno y ella, ella estaba ahí tan
sola, tan llamativa, tan misteriosa. Él se acercó, la miró de pies a cabeza y
dijo: desearías tomar una taza conmigo. Sus palabras salieron de lo más
profundo de su ser, jamás había hecho tal propuesta a alguna otra mujer. Se
sintió extraño, ella por su parte con sus ojos brillantes, lo miró y posando su
mano en la boca afirmó sólo con un movimiento cefálico. Ambos se dirigieron a
una mesa, él no dejaba de contemplarla, ella sólo respondía tácitamente las
cuestiones. Él quería conocer más, quitar esa nubosidad que ella ponía en su
persona, quería quitarle la ropa, quería conocerla. La tarde llegó a su fin, la
noche apareció, él le ofreció llevarla a su hogar, ella bajando la cabeza se
negó. Viendo su intento fallido pidió su número de teléfono, ella se lo otorgó.
Ambos partieron a su rumbo con una despedida muy formal. Recordaba ese día
haber ido a la casa y sólo pensaba en ella, no podía olvidar su mirada, sus
ojos casi inexpresivos, casi parecidos a un big-bang, semejaban todo y no
decían nada, ¿qué escondían? ¿Por qué eran tan profundos y tan negros? ¿Qué le
trataban de decir? Él no dejó de pensar en ello toda la noche y sólo se trataba
de dos luceros incrustados en una dama. La noche hizo su curso más largo que
otras veces, pero al fin y al cabo el sol volvió a salir, él no pudo esperar
tanto tiempo y antes de dirigirse al trabajo la llamó. Timbró tres veces y
antes de sonar la cuarta su voz delicada contestó. Realmente él no sabía que
decir, no se había percatado de que no tenía plan alguno para planteárselo,
daba gracias a la lingüística por las frases ya estructuradas para
conversaciones de este estilo, preguntó su estado e inconscientemente o
engañado por su subconsciente la invitó a salir, ella río, su risa era más bien
de recuerdo, de deja vu a sus palabras y luego de un rato aceptó su
propuesta. Sería luego de seis días su reencuentro. Y así pasaron, después de
una larga espera, de días con más de veinticuatro horas y el calor cada vez más
intenso. No ayudaban en nada la desesperación de él, pero el día llegó y de
nuevo se encontraron. Ahí en el café, donde fue su primera mirada. Estaban los
dos de nuevo de frente, ella llevaba esa horrenda prenda con estampados azul y
blanco, los jeans claros y unas balerinas color perla. Él la tomó de la mano y
cruzó junto con ella la puerta a pesar de ser un café al aire libre. Tomaron
asiento y pidieron cada quien por su parte. El silencio se adueñó de sus bocas,
ninguno tenía un tema de conversación y después de un rato él comenzó a hablar.
Surgieron luego muchas cosas de que hablar, poco a poco las risas comenzaron a
salir y los gustos en común también, era casi un acto afectivo en aumento y
como un orgasmo él le dijo “me gustas” de nuevo el silencio se apoderó de ambos
y un frío, eso extraños y repentinos fríos que llegan de mayo tocó el cuerpo de
ella, fue también el aire su cómplice y dejó una piedrita en su ojo, no lo pudo
evitar y soltó una lágrima. Bajó la cabeza y dijo: no lo hagas, me desmoronas.
La boca de él se llenó luego de flores y las quiso poner en ella. Atentamente
como toda mujer se sentía alagada, sonreía de vez en cuando y giraba su café
antes de darle un trago. Ella ¿qué sentía? Sólo sonreía.
Las horas transcurrieron él de
nuevo le ofreció llevarla a su hogar, esta vez aceptó, pero el juego de miradas
entre ambos los llevó primero a la casa de él. Los besos comenzaron a ser
partícipes del momento siendo cada vez más intensos, poco a poco iban avanzando
por la casa de él, hasta llegar a su cuarto, ahí la dejó caer, la respiración
de ambos se aceleraba más y más, ninguno de los dos podía parar. Él trozó los
botoncitos de su blusa. Ella respiró con fuerza. Él miró sus pechos color
canela, suaves y de buen tamaño. Los tocó con precisión y usando todas sus
yemas. Agarró su pezón con los dedos índice y pulgar con delicadeza, lo
mallugaba sintiendo su arrugada textura. El respirar de ella simplemente se
hacía más rápido, él bajó con arrebato su mano y desabrochó el botón de su
pantalón, por la oscuridad ni siquiera notó el color de su ropa interior, sólo
la aventó al sillón. Abrió sus piernas y en un segundo la penetró, su misión
estaba completa. La tenía, la poseía, su deseo profundamente carnal se lograba,
jamás había sentido un acto sexual con tanta intensidad, jamás su descendencia
había tenido tanta fuerza al abandonar su cuerpo, jamás sintió tanto deseo por
una mujer al poseerla. Era una experiencia inexplicable.
Así terminó aquella
noche luego de dejarla en su casa con los boxers de él en ella y su camisa
puesta, aun lo podía recordar, sí había sido una noche anterior, pero durante
la mañana siguiente las palabras de ella no dejaban de rondarle “me desmoronas”
una y otra vez pasaban las mismas palabras por su cabeza y no pudo más salió de
urgencia, salió dirigiéndose a la casa y buscando evidencias, fue así cuando
vio aquello. Entonces quiso pedirle perdón o quizá decirle que en verdad la
quería. La contactó entonces y se dirigió a su lugar de trabajo. Luego de
volverla a ver con su uniforme de secretaria, sus tacones de alto, su cabello
agarrado, sus mejillas pintadas y una sonrisa en la boca, todo cambió para él,
miró sus ojos y estaban gustosos, podía ahora leerlos, no había ya nada más en
aquella mujer que le atrajera, era realmente feliz ahora que lo veía. Él se
acercó despacio y le susurró al oído: creo que ya no nos podremos ver. Suspiró
profundo ella y comenzó a llorar tapándose el rostro, se reconocía a sí misma y
quedó allí parada inmóvil, las personas alrededor se quedaron petrificadas, el
tiempo sólo pasó para ella nada más se movía. Ella se quedó sola.
viernes, 17 de mayo de 2013
V centenario
El quinto
centenario fue un evento que causó controversia en América latina, donde no
sólo se observó como una conmemoración al encuentro de los dos mundos, también
nacieron molestias y puntos positivos hacia dicho festejo. Pero ¿de qué modo
tal remembranza puede causar tanta discusión algo que nos marcó tanto al viejo
mundo como a nuestro continente? ¿Cómo ha afectado nuestra manera de ser tal
acontecimiento y por qué el recordarlo nos hace ver al mundo desde tantas
perspectivas? Fuertes Medina, hace una reflexión del cómo Perú recibió tal
acontecimiento, expresando que no fue una marcha amarillista donde se daban a
conocer plantones neoindígenas en contra de la celebración de la conquista, no
obstante menciona en su argumento del cómo fue la comunidad intelectual la cual
se dedicó más a dicho tema, haciendo énfasis en los cambios, documentos y
enfoques sobre el tema. Nos explica la versatilidad que obtuvo dicho evento y
de qué manera el pueblo peruano, aprovechó lo mejor de este para más que nada
hacer consciencia entre el país y su pobladores, sin el remordimiento de estar
atado a un pasado oscuro y lleno de matanzas sabiendo interpretar y llevar a
cabo el presente. No obstante hay que estar consientes de que lo expuesto en
este documento es una recopilación de información la cual tal vez esté
manipulada de algún modo, cosa que aquí no se discutirá pero se hará ver. Por
otra parte si nos posicionamos más abajo en el mapa latino encontramos en
Argentina un grupo musical llamado Los
Fabulosos Cadillacs pero ¿de qué modo participan ellos dentro de esta
investigación? Dicho grupo realiza música dentro del género ska, una de las peculiaridades de tal
género son ciertamente las cuestiones sociales desde un punto liberal y en
contra de las instituciones corruptas. Tales son los elementos que conforma
dicha vanguardia que la celebración de la conquista fue un blanco exponer sus
injusticias sobre la degradación que sufrió nuestras comunidades nativas ante
el poder invasor. Así mismo podemos ver en la letra de esta banda cómo se
presenta un repudio ante el acto de llevar a cabo tal festejo mostrándose del
siguiente modo:
El v centenario, no hay nada
que festejar
latinoamericano descorazonado
hijo bastardo de colonias asesinas
cinco siglos no son para fiesta
celebrando la matanza indígena
latinoamericano descorazonado
hijo bastardo de colonias asesinas
cinco siglos no son para fiesta
celebrando la matanza indígena
No damos cuenta que se enmarca explícitamente la furia y el
rencor que aun se le tiene al proceso de conquista. Vemos entonces dentro
nuestro continente el hecho de celebra el V centenario tiene dos enfoques
sumamente diferentes, de tal modo considero necesario ver la realidad con que
tal festejo, llevado a cabo en el 92 en España, por ello daremos a conocer al
igual que se hizo con América dos puntos de vista para luego dar una resolución
sobre tal acontecimiento. Por una parte, en España tal festividad tuvo como
principal enfoque el remodelar sus principales ciudades para realzar el
crecimiento como cultura y obviamente y dentro de un sistema capitalista atraer
turismo para las cuestiones económicas. Vemos que tal celebración fue de gran utilidad
a España para sus cuestiones económicas y más que nada para el patrimonio de la
misma nacionalidad. Pr otra parte vemos que aquí también se presenta un grupo
musical el cual está también enfocado a las situaciones sociales actuales y me
refiero al conjunto musical de Extremoduro,
ellos del mismo modo que Los Fabulosos
Cadillacs también hacen cierta veneración al V centenario y del mismo modo
vemos cómo hacen una crítica a tal situación, no obstante este grupo hace ver
tal acto como algo más irónico o más bien satírico, como se muestra a
continuación:
Debía, en una india, perseguir su amor.
Y ahora, ya puedo verles junto a mí,
que al cabo de algún tiempo la encontró:
nació un indio, —pequeñito y vacilón—,
que sigue preguntando: —¿Qué pasó?.
A diferencia de
la banda latina vemos cómo se juega el papel de la combinación de cultura y
cómo el resultado de esto queda en una circunstancia donde no reconoce su
identidad y sí pudiera ser que en nuestra comunidades americanas muchas veces
este concepto de confusión se tome para representar lo que somos y lo que nos
han dejado como herencia.
Comprendemos con tales comparaciones
cómo aun en nuestra actualidad se sigue viviendo el post-colonialismo de una
manera u otra para reforzar cuestiones diferentes dentro de nuestra cultura y
es que muchas veces importa al público que va dirigido la información, así pues
aquellos que tienen el poder de cierto modo son quienes mueven a las masas sea
cual sea su conveniencia, por un lado el conjunto intelectual trata de
enriquecer sus conocimientos por medios de los beneficios y logros obtenidos
luego de la conquista; en otro aspecto la música está dirigida principalmente a
la comunidad juvenil de la cual se les
quiere hacer consiencia del abuso del poder ya sea por extranjeros o los mismos
de ahí, al menos como se vio reflejado en este estudio. Por último el festejo
del V centenario, realmente pierde en la actualidad como fecha conmemorativa y
se utiliza sólo como excusa para retomar valores e ideas que se estaban
perdiendo, tal es el orgullo nacional, la aceptación multirracial y podemos
decir la constante lucha contra la esclavitud. De cierto modo y para finalizar
podemos decir que el post-colonialismo de este modo nos sirve meramente para
esa identificación como latinos, pues tales sucesos aun siendo catastróficos
dentro de nuestra tradición son rasgos que nos dan nuestra identidad.
sábado, 11 de mayo de 2013
Objeto del deseo.
Soy presa silenciosa de tu actividad
Foránea, yo sonrío cuando no me ves.
Y es que tan sólo necesito verte
Para prenderme, necesito saber
Que estás ahí y mi locomoción
Se altera, nadie lo presiente.
Estoy sentada, estoy parada,
Estoy mirándote, contemplándote.
No podrías siquiera saber qué tramo,
Parezco casi inmóvil y sin sentido,
Indiferente ante tu presencia, pero
Quién más que tú conoce la sensación
De tenerte cerca, quién sabría explicar
El recordar tu manera táctil de ser,
Y es que tan sólo el verte
Ahí, tan lejos
Ahí, tan cerca
Ahí, en mis recuerdos
Me transporta a cada noche vivir
De nuevo la sensación de tu piel
De los lazos
De sin la ropa
De nosotros
Y luego, un día después,
entre la
Incertidumbre
Donde tú y yo no existimos
Donde yo sólo te contemplo
Y tú sólo eres objeto del deseo.
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